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Fernando Samalea, el hombre orquesta

Tocó con Charly, con los Illya Kuriaky, Cerati, Sabina, Calle 13 y La Oreja de Van Gogh. Fue el baterista de Fricción, un grupo emblemático del pop de los 80, y también de Metrópoli y Clap

Domingo 01 de Septiembre de 2013

Tocó con Charly, con los Illya Kuriaky, Cerati, Sabina, Calle 13 y La Oreja de Van Gogh. Fue el baterista de Fricción, un grupo emblemático del pop de los 80, y también de Metrópoli y Clap. Es bandoneonista y ama la música del tango tanto como las nuevas tendencias del rock y la electrónica. Actualmente integra el grupo de Rosario Ortega, mientras ensaya a full para presentarse junto a García en el teatro Colón los próximos 23 y 30 de septiembre. El multifacético artista acaba de lanzar “A todas partes”, su onceavo disco solista, en donde se respira un aire de big band con la estética de las bandas sonoras de las películas de Woody Allen. “Este disco es como un guiño a la niñez”, destacó Fernando Samalea, de él se trata, más hombre orquesta que nunca.

   Samalea llega a la redacción del diario con su delgadez extrema, algo despeinado, mochila al hombro y un look saludablemente informal. Cuesta mucho asociarlo con la elegancia y el glamour que aflora en la producción de tapa de “A todas partes” y, más aún, con el sonido cuidado y sutil de este flamante trabajo instrumental de espíritu jazzero.

   Pero, eso sí, hay algo que linkea directo con Samalea. Y es un aporte de bandoneón tan personal, que le genera color tanguero y alumbra una rara avis que mixtura lo clásico, lo moderno y lo transgresor, el ADN de su estilo.
  “Este disco es como un guiño a la niñez, lo que quise hacer es reencontrar los sonidos del Winco de mis viejos, esa cosa de las orquestas neoyorquinas o holywoodenses de Glenn Miller o Benny Goodman, la música que escuchaban mis viejos de chicos”, destacó.

   Y agrega: “Yo sabía que el bandoneón tiene una connotación muy particular, salvando las infinitas distancias con esas orquestas, pero me quería acercar a ese halo romántico de la música de los años 30 ó 40”.

   Al hacer un rápido repaso de sus discos solistas, Samalea se sorprende y bromea por su tozudez artística: “Tengo once discos, el año anterior hice “Primicia” (en el que lo acompañó nada menos que Tony Levin, en contrabajo eléctrico y bajo). Yo insisto, soy un plomazo, es como un hobby que lo hago en medio de un montón de otras actividades. Mi intención siempre fue darle el protagónico al bandoneón, que es el que lleva la melodía, y que tiene que ver con mi ciudad, con mi sonido, con lo que escribí”.

   Ser un actor secundario no es un problema para Samalea, quizá todo lo contrario. Y la poco frecuente exposición que le implica encabezar un proyecto no le incomoda, ni lo asusta. “Estoy acostumbrado, por supuesto que soy consciente que nunca tuve el deseo, ni el talento, ni la opción de ser la cara visible de un grupo de rock y nunca me ha interesado. Siempre tuve un rol particular dentro de las bandas, pero en el caso de la música instrumental sabía que tenía lo mío para ofrecer. Desde chico que escribo música, cuentos y relatos, y sabía que había algo ahí que en algún momento iba a salir. Y el tema del bandoneón me ayudó a encontrarle un concepto muy claro”, dijo este versatil artista, que también escribió bandas sonoras de filmes argentinos y españoles.

   “Uno no puede ir en contra de lo que es, no lo puedo evitar”, considera. “Tal vez cuando era chico estaba muy fascinado por el dibujo, jugaba en las divisiones inferiores de Platense, estaba con el tema de la arquitectura, que no terminé la carrera porque ya empezaba a tocar con Charly, aunque me recibí de maestro mayor de obras. Siempre tuve un montón de opciones, aunque había que organizarlas para que todas puedan suceder al mismo tiempo, pero no es algo elegido, es algo natural”, indicó.

   El tango le cambió la vida a Fernando Samalea. Tanto que a pesar de tocar un instrumento tan asociado a la música ciudadana se niega a hacer un disco de ese género: “El bandoneón aporta un sonido que caracteriza cualquier melodía. Yo siempre quise mezclar todos los mundos, el del rock, el de la electrónica, el del jazz, pero no quise llevar adelante un proyecto de tango por no faltarle el respeto al tango. Es muy difícil y no es simple abordarlo”.

   “Leí un libro de tango de Horacio Ferrer, a quien también conocí, y fue una persona clave en mi vida. Y con Carlos Lazzari, mi maestro de bandoneón, descubrí que el tango era un movimiento juvenil hecho por veinteañeros. Pienso en el sexteto de Julio de Caro, con Francisco de Caro y su hermano, o Pedro Maffia, eran los músicos que ocupaban un lugar muy similar al que ocupa el rock hoy, o que ocupó al menos en los 80 y 90”, indicó.

   Y concluyó: “Ahí me di cuenta que no había tanto acercamiento de los jóvenes hacia ese movimiento juvenil y muy rebelde, que es el tango, sumado a la parte literaria de sus historias. Eso me hizo como una clarividencia, y me dije «nací en Buenos Aires, y si tengo que decir algo, en mi humilde intención de generar melodías o de entrar en el mundo creativo, ésta va a ser la voz». Y aunque toque también otros instrumentos en los discos, el bandoneón siempre será el referente”.

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