En el transcurso de un concierto que brindé junto a otros músicos en Moore (en la Fluvial), a las 22 del 3 de diciembre pasado, hubo mozos desbordados y poco elegantes en sus palabras que desatendieron pedidos de clientes y de músicos. Además, no estaban informados (o sí) de que el derecho de espectáculo iba al bolsillo de los artistas y lo incluían en la cena como beneficio por consumir. Antonela, la encargada del bar, echó de una mesa a espectadores que seguían consumiendo después de haber cenado porque dicho lugar estaba reservado para vaya a saber quién. Vale aclarar, confiando en la capacidad interpretativa del lector, que los perjudicados fueron tres amigas mías más cuatro adolescentes del barrio 7 de Septiembre acompañados por ellas. Con respecto a cuestiones organizativas, minutos antes de empezar el evento me informaron que el bar invitó a 40 personas sorpresivamente exentas de pagar por el show pero muy bien ubicadas para el mismo. Como corresponde, tuve mi conversación con las partes involucradas: desde la encargada del lugar hasta las autoridades del Complejo La Fluvial, a excepción de uno de los supuestos dueños del boliche que no respondió a mis llamados ni a mis mensajes hasta el día de hoy. Aún sorprendido por la falta de inteligencia y educación que encontré aquella noche, agradezco a los que evitaron escándalos aún mayores durante el recital en pos de la tranquilidad de los intérpretes.


































