Me hizo reflexionar un breve diálogo entre los personajes de una vieja película que vi. Los protagonistas, un rey moribundo aconsejando a su heredero, le indicaba entre otras cosas la forma de controlar la productividad de la tierra para que las cosechas fueran adecuadas a las necesidades alimenticias del pueblo. Asombrado de tan profundos y vastos conocimientos, el heredero preguntó: "¿Cómo sabes todas esas cosas?" El monarca respondió: "Porque soy un rey". Curiosamente (o no), no dijo "porque soy el rey". Ese gobernante, era consciente de que su condición de haber sido ungido no lo caracterizaba ineluctablemente para bien gobernar a su pueblo. Había algo más en su afirmación: la confirmación de su sabiduría para gobernar, lo cual legitimaba su condición de rey. Trasladando los personajes a nuestra época, podríamos decir que no todo gobernante es un estadista. Gobierna el que obtiene los votos en las urnas. El estadista es aquel que tiene una visión de futuro que lo lleva a pergeñar medidas de Estado que produzcan la evolución de aquella sociedad bajo cuya responsabilidad se juega su futuro. Gobernante, caudillo, rey; han ejercido desde la noche de los tiempos la autoridad sobre los pueblos en forma legítima, cuando abstracción hecha de la forma en que se llevara a cabo su acceso al poder han logrado conservar la anuencia de las masas gobernadas. A través de los siglos, las prácticas populistas (que además de Roma, seguramente nacieron mucho antes) han reconvertido el concepto de legitimidad en una mera aprobación mayoritaria constituida principalmente por apropiadores de los beneficios otorgados por el régimen, con la única finalidad de perpetuarse en el poder. Autoevindentemente, "gobernar" encarna un concepto absolutamente distinto a "manejar". Se gobierna como un estadista; se maneja como un tirano. Se maneja con el control de los medios, con el control de la Justicia, con el control del Congreso. Se maneja pero no se avanza en las soluciones; no se combate la corrupción ni el narcotráfico. Es más, éstos se convierten en elementos clave para el desarrollo del poder sin control. La ausencia de un manejo inteligente del Estado se pone de manifiesto en forma incontrastable cuando puestos clave de la administración pública quedan en manos de obsecuentes inexpertos que responden a una enfermiza dirigencia y son a la vez alimentados por una codicia sin límites (fracasados universitarios sin cabida en ningún lado y muchos otros sin ni siquiera título habilitante, con sueldos que exacerban los ánimos de educadores, científicos, hombres de la cultura, y profesionales de áreas productivas y de servicios). A todo esto, se complica considerablemente el panorama cuando en un régimen ultrapresidencialista como el que nos gobierna la presidenta adolece de constantes problemas de salud que la obligan alejarse de las funciones inherentes a su cargo. Con un vicepresidente impresentable como el que sufrimos, surge una pregunta, ¿quién nos gobierna? ¿Quién es el gran visir (de la época de los califatos) o el mayordomo de palacio (que como en la época de la decadencia merovingia ha sido llamada por los historiadores la "de los reyes holgazanes") que toma las decisiones? ¿Qué legitimidad tienen todas esas decisiones que tanto comprometen la vida actual y futura de todas y todos los argentinos?



































