En el crepúsculo, con los últimos rayos de sol que se acostaban sobre el Cabildo para iluminar la Plaza llena, Cristina salió de la Casa Rosada y subió en pocos pasos largos los 10 escalones que la llevaron al pequeño palco ubicado en el lugar.
Traje blanco y actitud radiante, la de siempre. No fue el de ayer cualquier discurso el que dio luego; la voz cascada de la presidenta esta vez se cargó de una épica especial.
Cristina se despidió como presidenta; colmó los sesenta mil lugares que ofrece la Plaza repleta, y varias decenas de miles quedaron en las calles y avenidas adyacentes sin conseguir ingresar.
Cristina le planteó el desafío a la militancia: seguir unidos y trabajando, ya sin el gobierno. “A volver, vamos a volver”, devolvía la Plaza.
Miguel Angel Estrella mira el discurso desde la escalinata del Banco Nación, en diagonal a la Plaza de Mayo; junto a él, el voluminoso dirigente gremial de los trabajadores del subte (Néstor Segovia); más allá el actor Leonardo Sbaraglia. Miles de manifestantes de la ciudad de Buenos Aires y de muchos partidos del conurbano comparten con los famosos.
La conmoción que provoca el fin del mandato de CFK es tan grande que a nadie se le ocurre sentirse más ni menos que el que tiene al lado.
Lo que sucedió anoche no fue exactamente una fiesta, tampoco un velorio. Muchos militantes se emocionan, y se llevan las manos a los ojos para conjurar algunas lágrimas inevitables. Nunca es sencilla una despedida, ni andar con la sensibilidad a flor de piel, sobre todo si el motivo es una figura única de la historia política nacional.
El acto se abre con el himno: los militantes descubren que ese himno que ahora se canta con especial fervor, en muchos lugares, con una ritualidad festiva, también futbolero, el del “ooohh”, lo inventó la militancia kirchnerista.
La despedidas son pura incertidumbre: ¿la Plaza de anoche fue un punto de llegada o un nuevo punto de partida para el kirchnerismo? El tiempo lo dirá. Con Evo Morales como el invitado más relevante, Cristina habló 27 minutos dentro de la Casa, en el Salón de los Bustos. Ahí quedó el busto de Néstor, para siempre. La presencia de Evo no fue cualquier presencia: fue el único presidente latinoamericano que viene aportando análisis político fino a la etapa que vive la región. Caracterizado por el reflujo de las derechas, que ya golpeó en la Argentina, también en Venezuela, y por métodos filo golpistas, a Dilma en Brasil.
Cristina nombró a Néstor muchas veces, también a Evo, a Hugo Chávez, y a Lula, “que sigue”. La presidenta, en su último discurso en la Casa Rosada, buscó tranquilizar y contener a la multitud. “La historia no es lineal”, consignó. Al cabo, ganar y perder es parte del juego. Las líneas principales de los procesos se ven con el tiempo.
Mientras tanto, la multitud fustigó duro a Mauricio Macri, en especial por la grotesca situación de pedirle a un juez que nombre un presidente por 12 horas.
Todavía es más grotesco que una jueza se lo haya concedido. En el fondo de los corazones kirchneristas, y de la misma presidenta, la inesperada resolución del conflicto por la sede de la entrega de atributos terminó por tranquilizar a todos.
No será gratis para el futuro inmediato. Sobre todo si hoy, en el Congreso los legisladores kirchneristas deciden dejar sus bancas vacías.






























