Se cuenta de un niño heredero al trono en un antiguo reino que recibió de su maestro un curioso regalo que consistía en un estuche con una forma muy extraña. Al dárselo le dijo: “Conserva bien guardado este estuche porque solo te servirá para guardar lo que sea lo más importante en tu vida”. A medida que fue creciendo quería guardar lo que consideraba lo más importante para él. De niño quería guardar los juguetes, a medida que fue creciendo sus prioridades eran otras y quiso guardar ropa, alhajas, libros, elementos deportivos y muchas cosas más; pero la forma del estuche no le permitía guardar nada de eso. Llegó un día en que, muerto su padre, lo coronaron como rey y cuál no fue su sorpresa cuando constató que el estuche tenía la forma de la corona. Este relato me lleva a una reflexión espiritual. Los seres humanos, como dijo alguien, tenemos dentro nuestro un vacío con la forma de Dios, que lo llena Dios o no lo llena nadie. La vida fue diseñada por Dios para que constituya una aventura maravillosa, para disfrutarla con experiencias hermosas cada día y así nos podamos sentir plenamente realizados, y sentir satisfacción por una vida con un propósito. Pero qué pasa, mirando a nuestro alrededor y muchas veces a nosotros mismos, la vida se ha constituido en algo rutinario, aburrido, es como si vivir fuera una pesada carga sin un objetivo concreto. Esa insatisfacción sólo se remedia dándole lugar a Dios en nuestra vida, y esto es solo posible a través de Jesucristo que murió en la cruz del calvario por nuestros pecados. Dijo el Señor Jesucristo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar”.


































