En los años de mi niñez, mis padres tenían unos amigos ancianos que solían visitarnos con frecuencia. Cierta vez, llegaron con un pollo “pila” (cuello pelado) vivo, para que mi madre lo matara, lo cocinara y lo compartiéramos. Teníamos nosotros en casa un patio grande en el fondo. Y cuando la señora lo sacó de la bolsa, el pollo se le escapó y entró a disparar por el mismo y por el interior de la casa. Y, he aquí, que tal bípedo plumífero había sabido ser más rápido que Claudio Caniggia en sus mejores tiempos. Por lo que ¡ése fue el verdadero “hijo del viento” que yo conocí! ¡Corría como si hubiera escuchado el disparo de largada en una competencia de los 100 metros! Y por detrás, corríamos mis padres y nosotros, los seis hermanos. Cuando por fin lo atrapamos, lo agarró la señora que lo trajo y lo ató a un palo. Pero el pollo tironeó, se liberó, y siguió disparando, haciéndonos correr nuevamente a todos para tratar de alcanzarlo. Hasta que, una vez atrapado, mi padre fue a atarlo y, al llegar al palo, comprobó que antes había sido precariamente amarrado. Y como no sabía quién había hecho ese trabajo, preguntó: “¿Quién ha sido el inteligente que ató al pollo con hilo piolín?” A lo que la anciana, tímidamente, respondió: “yo”. Mi padre luego contaría que por vergüenza, en ese instante, se dijo a sí mismo: “Tragame tierra”. Ahora bien ¿a qué viene la evocación de esta historia? A que, en Argentina, el pollo vivo atado con un piolín, sería la libertad que debiéramos disfrutar, pero que al degenerar en libertinaje, acabamos padeciendo. Y el pollo cocinado, visto como un manjar, sería la tan codiciada virtud que, como a un espejismo, muy de vez en cuando avizoramos.
































