El 5 de enero de 1939 se quitó la vida un político de excepción, un estadista cuyas últimas horas estuvieron dominadas por un agobio difícil de soportar. Lisandro de la Torre honró a la política. Demostró que ser político no implica necesariamente actuar al margen de la ley. Tuvo coraje y convicciones monolíticas. Disgustado con Hipólito Yirigoyen, no tuvo problema en batirse a duelo con quien sería el primer presidente radical de la Argentina. Su barba tuvo como objetivo cubrir las huellas del combate. Fue revolucionario, participó activamente en la creación de la Unión Cívica Radical y fundó el Partido Demócrata Progresista. En las elecciones presidenciales de 1931 intentó llegar a la presidencia de la Nación acompañado por Nicolás Repetto. ¡Qué binomio presidencial! Es probable que de haber triunfado otro hubiera sido el futuro desarrollo político e institucional de nuestro país. Pero el orden conservador no podía permitir que la presidencia cayera en manos de De la Torre. El escandaloso fraude permitió que el general Agustín P. Justo se adueñara del poder para hacer de la Argentina un infame apéndice del imperio británico. De la Torre utilizó su banca en el Senado para denunciar lo que consideraba, con justa razón, era una afrenta para el país. Un pacto sin honra había permitido a Gran Bretaña adueñarse del comercio de las carnes. De la Torre lo denunció sin piedad. Su brillante oratoria estuvo a punto de ser silenciada en pleno recinto por un oscuro personaje pero su discípulo y senador electo Enzo Bordabehere se interpuso y recibió la descarga mortal. Cuesta creer que semejante acto de heroísmo se produjera en un sitio tan mal visto por los argentinos. Pero sucedió. Fue en 1935. De la Torre fue, además, un pensador formidable. Sus reflexiones abarcaron el derecho, la política, la filosofía y la religión. Su "Intermedio filosófico" es sencillamente deslumbrante. En él De la Torre pone en evidencia la pequeñez del hombre frente al universo. Una lección de humildad. Defensor del libre albedrío, la autonomía municipal y la libertad de expresión, pasó a la historia como "el fiscal de la República" (o de la Nación). ¿Qué estará pensando ahora, desde el más allá, del panorama político actual de la Argentina? Lo imagino escuchando absorto a quienes hoy ocupan una banca en el Senado. Es probable que no logre comprender cómo llegaron hasta ahí. Lo imagino inmerso en una gran tristeza observando cómo la clase política se desentiende de los acuciantes problemas del pueblo (inflación, desempleo, inseguridad, salud y educación), de qué manera la Argentina está perdiendo el tren de la historia sojuzgada por míseros apetitos personales.


































