Hay pueblos que vegetan durante un largo período, sojuzgados por minorías rapaces y corruptas. Pareciera como si aceptaran con mansedumbre un destino de miseria y explotación. Es sólo una apariencia. Esa quietud no hace más que encubrir una paciente espera por alguien que se atreva a decir ¡no! a tanto oprobio, a tanta falta de respeto, a tanta impunidad. Y de manera imprevista, como si una fuerza sobrenatural se hubiera por fin dignado a escuchar reclamos centenarios, emergen líderes que simbolizan el idealismo de millones de postergados, la sed de justicia de multitudes de desposeídos. Los pueblos despiertan de la pesadilla y gritan al mundo que no fueron vencidos, que están de pie, dispuestos a romper definitivamente con el pasado ominoso. Han recuperado su dignidad, su autoestima, su orgullo. Los líderes se colocan al frente de la conducción política, conscientes de que no pueden defraudar a sus seguidores, engañarlos con falsas promesas. Cuando ello acontece se produce la génesis de los procesos revolucionarios, de los cambios que marcan un punto de inflexión en la historia de los pueblos. Las minorías miran atónitas cómo el sistema de dominación que manejaban a su antojo se desmorona como un castillo de naipes. El miedo las invade. Buscan la ayuda del imperio para sabotear aquello que se les escapa de las manos. Dominadas por la desesperación, harán lo imposible por destruir la cabeza visible (el líder) de un fenómeno que les resulta intolerable (la toma de conciencia de los pueblos domesticados de su relevancia histórica). Evo Morales constituye un ejemplo por demás elocuente. Recién en enero de 2006, con la asunción del líder indígena al poder, el pueblo boliviano tomó conciencia de la importancia del principio de la autodeterminación de los pueblos, de la democracia como filosofía de vida, de la legitimidad de la soberanía popular. Esa toma de conciencia se consolidó el pasado 6 de noviembre cuando el pueblo boliviano, en su inmensa mayoría, decidió que Morales continúe en el poder para que profundice el socialismo democrático y progresista. El despertar de Bolivia es una grata realidad. Su pueblo acaba de dar al mundo una clase magistral de democracia, una lección de lealtad a un líder que jamás los defraudó, que nunca les creó falsas ilusiones, que jamás renegó de su condición de indígena. Felicitaciones hermano pueblo de Bolivia por habernos regalado semejante demostración de coraje cívico.


































