Año a año en Argentina, el Día del Trabajador, que en otros tiempos era un día de fiesta para los trabajadores, actualmente no es más que una renovada conmemoración del martirio de la clase obrera. Porque la ausencia de fuentes de trabajo que permitan al hombre elevar su dignidad, tiene resultados nefastos, especialmente para los más pobres. Es doloroso ver a un hombre apto para el trabajo, cercenado en su capacidad de proveer a su familia de los productos básicos para su manutención e imposibilitado de cumplir con el riguroso mandamiento divino de ganarse el pan con el sudor de su frente. Las autoridades del Gobierno deberían reaccionar frente a esta gran injusticia, puesto que lo que comienza siendo una grieta, acaba convirtiéndose en un abismo infranqueable para el hombre, que vulnerado por la impotencia, ve como se desbaratan su armonía personal y familiar, su inserción social y sus sueños. Y que, al carecer de poder adquisitivo, desciende inexorablemente al infierno tan temido. José Ingenieros decía: "El derecho a la vida está condicionado por el deber del trabajo. Todo lo que es orgullo de la humanidad es fruto del trabajo. Lo que es bienestar y lo que es belleza, lo que intensifica y expande la vida, lo que es dignidad del hombre y decoro de los hogares y gloria de los pueblos, la espiga, el canto y el poema, todo ha surgido de las manos expertas y de la mente creadora. El trabajo da fuerza al músculo y ritmo al pensamiento, firmeza al pulso y gracia a las ideas, calor al corazón, valentía al carácter. La perfección del hombre es obra suya. Sólo por él consigue la libertad y depende de sí mismo, afirmando su dominio en la naturaleza".
































