"Trece chicos solos tras el asesinato de su madre". Así titulaba La Capital la crónica policial en su edición del 23/03/11. Hoy me quedé pensando dónde y cómo estarán viviendo esos chicos casi un año después, cuando ya no son noticia. ¿Seguirá siendo valiosa la vida para ellos? Y en la sección Policiales del 09/01/12, este diario daba cuenta de que "Los homicidios en Rosario subieron un 29 por ciento en relación a 2010", en circunstancias de robo, y la mayoría por conflictos interpersonales o familiares. Cuando uno expresa que quiere vivir, afirma que la vida es el primer valor, que sin ella todo es imposible. Desde el niño no nacido al anciano desvalido, todo ser humano da cuenta de que la vida es una experiencia, un don, un deber y un derecho. Y por eso existen en nosotros el dolor y el llanto, cuando ese primer valor se vulnera en uno mismo o en los seres queridos, dolor y llanto aparecen como expresión de un bien desgarrado, de un bien agredido. ¿Cómo proteger entonces la vida humana? ¿Cómo enseñar a cuidar la vida? ¿Cómo convencernos de que el otro es un semejante, de que su vida está confiada a mi cuidado, y viceversa, que mi vida está, en algún sentido, en sus manos? Quien ha sufrido un robo sabe que su vida depende de otros. ¿No es mejor pensar y actuar sabiendo que esa dependencia es para convivir y no para dañarse? Y si unos dependemos de otros -solidaridad necesaria- ¿no será hora de esforzarnos por mirar al otro como próximo-prójimo?, ¿No será la hora de la sensatez? En la tragedia ferroviaria de Once, se murieron 51 personas, contra algo peor chocó la sociedad argentina -Rosario incluida- en esa mañana, chocamos contra nuestra propia necedad y soberbia. El eclipse sobre el valor de la vida se correrá con soluciones concurrentes, una de ellas será en los funcionarios acusados la humildad de renunciar, y en el común de los ciudadanos poner a Dios en el centro de la vida. Y digo poner, no porque Dios sea una cosa, un amuleto, sino porque un Padre interviene cuando sus hijos se lo piden y le dejan obrar. Como decía un gran poeta argentino, de todo laberinto se sale por arriba. Esta es la sensatez y la humildad, contra la necedad.






























