Hoy quise cumplir con el deseo de mis hijos, elegir un blackberry como regalo del Día del Padre. Me presenté en un local de Atención al Cliente de "Claro" en la Peatonal San Martín e inmediatamente fui atendido. Me llamó la atención la cantidad de empleados, sin dudas, es una fecha comercialmente clave. Pregunté qué alternativas de dicho producto me ofrece la compañía; el joven sin titubear me dijo: "Lo único que le puedo ofrecer es el de $899". Sin embargo, segundos antes yo me había fijado en el anuncio publicitario que aludía a $799. Entonces le interrogué acerca del equipo promocionado y me dijo: "¡Ah! Sí, ese precio es para clientes nuevos". "Pero yo soy un cliente viejo y tengo la intención es preservar mi número", le dije. "Entonces debe pagar $899", me contestó. Resistiéndome a una respuesta que incomodara al muchacho, simplemente le dije: "¿Quiere decir que por ser yo un cliente de Claro debo pagar más que quien no lo es?". "Y… es una cuestión de marketing de la empresa, señor", me contestó. Le sonreí conteniéndome esas ganas de desahogo que a uno les aflora por vivir en un país de chantas; le di las gracias y me retiré. Es indudable que estas compañías con semejantes conductas se mueven sobre la base de captar clientes más que por el afán de brindar un buen servicio, reconocer la fidelidad del usuario y hacerlo sentir merecedor de los mismos derechos que sólo destinan a futuros clientes cautivos. Inmediatamente pensé en el regalo frustrado que mis hijos quisieron hacerme pero tuve la comprensión y el apoyo de ellos y de mi esposa al rechazar la incoherente oferta. No me guié por la desventajosa diferencia en dinero, mi decisión de no comprar el equipo pasa estrictamente por una cuestión de dignidad que, los usuarios de cualquier empresa de servicios en este bendito país, estamos perdiendo día a día. No voy a tener mi blackberry pero pasaré un feliz Día del Padre.






















