Nacido bajo la protección de la Constitución del 49, de hogar humilde de trabajadores, era menester que mi visión hacia la justicia social era encolumnarme hacia las bases y ser la voz de los que callan por respeto, miedo o escasa instrucción. De joven en las filas de los madereros, como delegado, denunciaba a los carpinteros que escondían a sus obreros detrás de la viruta cuando llegaba la comisión del gremio. De metalúrgico, tuve la satisfacción, que se paralizara una fábrica hasta mi reincorporación. Pero siempre soñé en conocer a un gran dirigente, el Lalo Cabrera. El hombre en el cual llegué a tener amistad participando en las reuniones de Las 62 Organizaciones como enviado y perteneciente al gremio judicial. El hombre que nos recibió en su casa, el Sindicato de la Carne. En ese intercambio de bufanda entre Menem y el Nito Vanrell. El hombre que luchó para que la abanderada de los humildes tenga su monumento "Simplemente Evita". Ese hombre fue Lalo Cabrera, con sus virtudes y defectos. Me despido como titulé la carta: chau Lalo.
































