Nadie que circule con diferentes tipos de vehículos a motor desconoce la gran cantidad de obstáculos que a diario deben sortearse por las calles de nuestra querida ciudad. A saber: pozos de todos los tamaños, lomos de burro despintados, badenes, camiones hormigoneros, los tradicionales corralitos de los cráteres que la empresa que provee el agua demora meses en reparar, carros a tracción a sangre, bicicletas y motos que circulan en contramano o que pasan los semáforos en rojo gozando a los automovilistas, etcétera. Por eso manejar en Rosario es una caravana de obstáculos. Es conveniente tratar de no variar en lo posible el recorrido diario para no ser sorprendido por algo nuevo. Por el camino de siempre se pueden llevar grabados en la memoria los inconvenientes anteriormente suscitados para así poder recordar de qué lado o en qué cuadra, por ejemplo, están los pozos que ya conviven algunos por años con los rosarinos. El lunes y el martes pasado cambié de recorrido y el miércoles al mediodía volví a tomar el camino de siempre y apareció un nuevo lomo de burro no señalizado ni tampoco pintado de amarillo en la puerta de la cancha de los quinchos del club Gimnasia y Esgrima. Me dí cuenta que algo pasaba porque un motociclista no se mató de milagro y pudo mantener el rodado como si fuera uno de los ases del Dákar. En mi caso venía circulando a unos 30 km por hora y sólo pegué la cabeza contra el techo del auto. Pero lamentablemente unas botellas de buen vino que viajaban en el baúl se rompieron y no pasaron el control de alcoholemia. A cuidarse y a no confiarse que el municipio siempre encuentra la manera de que los rosarinos vivamos de caravana en caravana.
































