Todos aquellos que caminamos por Oroño podemos verlo. ¿Es una sombra de lo que somos? ¿Es el espejo de lo que nos importa como sociedad? Hay un hombre sin rostro, no porque no lo tenga, sino porque su larga barba y su tumultuoso pelo no permiten verlo, y sin posibilidades que duerme por las noches tirado en Oroño a la altura del 600 al 1000. Y nadie... nadie parece verlo. Pero todos lo miran. Es un hombre sin edad, sin hogar, sin futuro. La sensación al verlo es de profunda angustia e impotencia ante una evidente ausencia de todos o de algunos. Nadie se ocupa de este señor harapiento, con la tierra que el abandono y la falta de contención de una Intendencia que no camina las calles de esta ciudad y que no se ocupa de los más desamparados le ha dejado. No sé su nombre, sé que seguramente sufre como lo haría cualquiera de nosotros si no tuviéramos un lugar donde dormir. Los días pasan sin sentido para él, no aspira a nada, eso es lo peor. Ha perdido la esperanza. Es un ser humano, una persona con nombre y apellido a la que todos y cada uno de nosotros le damos la espalda. Me pregunto: ¿qué se puede hacer? ¿No existe acaso en Rosario una entidad que se ocupe de las cuestiones sociales sin resolver? ¿Acaso alguien piensa que hay algo más urgente que devolverle a este hombre la dignidad que ha perdido como ciudadano? Es la dignidad de todos la que está en juego. O quizás me equivoco y son otros, los que nos gobiernan y se jactan de hacerlo bien, quienes no la tienen. ¿Es tan difícil acaso ocuparse de alguien que es presente y parece invisible ante la multitud? Sin embargo, está; y con su silencio nos pide a gritos que hagamos algo.
































