En los últimos meses he notado casi con orgullo que algunos consumidores hacen sus compras de supermercado llevando sus propios bolsos. También he adoptado esa costumbre desde hace un tiempo. Por supuesto, la mayoría entra a los comercios con las manos vacías y sale cargada con varias bolsas de plástico, de esas que nos impusieron hace muchos años y que ahora dicen que contaminan. Es bueno, aunque sea desde algo tan simple y pequeño, evitar dañar más el ecosistema. Si es por la Madre Tierra, bienvenido sea. La acción del usuario, esa toma de conciencia que a veces aparece, tendrá un beneficio a mediano y largo plazo: un planeta menos contaminado. Pero tiene que haber un pero, claro, en el corto plazo el beneficio no será para el planeta, sino para el dueño del comercio que se ahorrará el costo de las bolsitas y acrecentarán sus ganancias. Sería bueno que aquellos clientes que concurran a sus compras con sus propias bolsas reciban un descuento en la factura más o menos equivalente al porcentaje que se ahorra el supermercadista. Tal vez sea una manera de extender el hábito de llevar bolsos propios, de premiar a aquellos que de alguna manera se comprometen. No es justo que otros se beneficien con los esfuerzos de algunos, y no estamos hablando de ecología, sino de la simple economía de los angurrientos.


































