Felizmente ha vuelto el otoño, no sólo para mí sino también para Rosario, la ciudad en que vivo. Más que la aparición de las hojas amarillas en los árboles me seducen las luces de las calles y de las tiendas en los atardeceres. Cuando la luz natural se va, la ciudad nocturna me parece una invención mágica. Cuando nace el día, en ese momento en que la luz es suciamente gris, la ciudad me parece patética. Debo reconocer que el sol, en estos días, ha sido muy amable. Se ha paseado por la ciudad con la elegancia de un viejo señor que sabe que deberá marcharse y que quiere despedirse un tanto discretamente para dejar un buen recuerdo. Ha olvidado que había sido un sol de enero y febrero y se ha convertido en un solcito. Para dar un bonito adiós ha contado con la ayuda del aire: limpio, transparente, muy fino, que daba a cada perfil de la ciudad de Rosario una precisión magnífica. Este sol tan educado no nos dejará por completo, porque nos acompañará unos cuantos días de otoño e invierno. Sin embargo, no va a estar mucho rato, como las visitas que no quieren ser impertinentes. Esta es la hora del otoño, cuando todo se hace un poco indeciso, brumoso, como debe ser, como es la vida.





































