Cuando se lee acerca de las cintas que repartieron French y Beruti, sobre los colores de la escarapela y los motivos que tuvo el General Belgrano para crear la bandera, así como el diseño que llevó a la práctica y la influencia realista en el tema; cuando además se quiere incursionar en lo que tiene que ver con la bandera del Ejército de los Andes, se advierte que esas cuestiones pertenecen a emotivos capítulos de nuestra historia que no se distinguen por la precisión de los datos y donde los potenciales gramaticales abundan. Los matices de los colores, la cantidad, el ancho y la ubicación de las franjas, y hasta la horizontalidad y verticalidad de las mismas, sumadas a las negativas y aprobaciones emanadas del poder gubernamental, convierten a nuestra insignia nacional en un verdadero motivo de estudio. Si hasta se cuestionó el lugar donde el general la enarboló por vez primera el 27 de febrero de 1812. Mientras para algunos historiadores la izó en la isla del Espinillo, para otros la elevó al viento del atardecer sobre la barranca de la margen derecha del río Paraná (versión aprobada por la Academia Nacional de la Historia). El Monumento en Rosario se vestirá de fiesta el próximo lunes 27, cuando se conmemore el Bicentenario de aquella histórica inspiración de Belgrano. La "enseña que nos legó" nunca había sido atada al carro de ningún vencedor de la tierra, hasta la insólita y desigual guerra de Malvinas. Pero más allá de una desgraciada contienda bélica, en la que la cálida sangre de nuestros hermanos argentinos no pudo entibiar el frío suelo de esas lejanas islas del sur, la bandera de Belgrano seguirá cada vez más celeste y blanca, invicta en su mensaje augusto de libertad, de paz y de respeto a la comunidad internacional.





































