Fueron la cuna de los equipos del barrio, la patria chica de sueños colectivos y la escuela de
formación futbolera y ciudadana. Desde el atardecer con la gaseosa, al amanecer con el porrón, el
pibito se iba haciendo hombre y ganando vereda.
La llegada de la barra a un club es una historia de militancia callejera que debe ser
rescatada. Tras el triunfo liberal en la batalla de Caseros (1852), la elite porteña armó clubes,
donde practicaban su elegante cortesía mientras tramaban negocios.
En mayo de ese año, se fundó el Club del Progreso, rejuntadero de la oligarquía. Ya, desde
1841 había tertulias en el Club de Residentes Extranjeros, donde apenas se hablaba castellano en
disputas de billar, cartas y ajedrez. También en el Jockey Club y el Círculo de Armas, una minoría
jugaba a ser europeos.
El club, no era aún un espacio de recreación colectiva, eran reductos exclusivos para algunos
con afinidades políticas o literarias.
Al llegar, el fútbol fue practicado por la “gente bien”. Pero en las primeras
décadas del siglo XXI, el deporte empezó a ganar popularidad y la pelota empezó a rodar en las
barriadas, era un juego económico y sobraban los que ahora faltan: campitos.
En esquinas suburbanas, luego de discutir sobre cracks y clubes amargos, volaba la idea de
armarse un equipito. Había que juntar algunos amigos, buscar un nombre, idear una camiseta y un
escudo y manguear apoyo a las tiendas y a las tías.
Para jugar, siempre tenían un baldío y la sede ya estaba: la ochava de la barra. Venían luego
los desafíos a los de otro barrio, torneos en la zona y participación en ligas. Ya era hora de
armar un club del barrio.
Desde 1990 brotaron entidades que abrieron las puertas a los más chicos y se llenaron de
vecinos con el fóbal, kermeses y bailongos. Así nacieron San Lorenzo, Huracán, Boca y River, entre
tantos.
En 1930, el profesionalismo le cambia el semblante al deporte y el desembarco de
gerenciamientos y empresas hizo que los clubes cambiaran de cara y de barras, que ya pasaban a ser
privatizadas por dirigentes.
Pero, según las últimas informaciones, hay esquinas donde se volvieron a juntar muchachos que
conjuran un desafío para recuperar al club del barrio. En tanto, no debe faltar en un álbum de
figuritas un homenaje a los reos que forjaron barras que armaron esos equipos que fueron unidades
básicas de fóbal y comités de soñadores. l
Mañana, última figurita (42): Los pibes




























