El 24 de marzo, nuevo aniversario del más criminal y sanguinario golpe de Estado perpetuado por un conjunto de militares impulsados por el afán de las multinacionales al servicio de los imperios que aún se disputan el, merece una reflexión alrededor del significado de la conmemoración. Las sociedades tienen sus propias dinámicas impulsadas y dirigidas por las luchas que los pueblos realizan en procura de su bienestar. Es lícito recordar y reafirmar la necesidad de juicio y castigo a los genocidas que produjeron los muertos y desaparecidos para despejar el camino hacia la profundización de la dependencia y la colonización de la economía. También es lícito estar advertidos y luchar para que la democracia recuperada no pueda ser puesta en peligro con leyes antiterroristas que sirven para profundizar el sometimiento y la represión de los intentos de lucha de la población. Todavía tenemos más de cinco mil militantes gremiales, sociales y políticos procesados, a quienes no se los ha amnistiado y aún se siguen agregando cada día más. Todavía se reprimen las luchas populares tercerizando los métodos de represión y distrayendo cuerpos militares con proyectos X y sustrayéndolos de las fronteras, permitiendo la introducción ilimitada de drogas y armas en beneficio de no se sabe quienes. Todo esto deberá ser tema y expresión de repudio en las próximas movilizaciones del 24 de marzo. De no ser así, seguiremos permitiendo que se desarrolle el huevo de la serpiente en una democracia que mata.






























