Agradezco a todos los que de un modo u otro me acompañaron este lunes 28 de marzo en la difícil circunstancia de recordar y relatar ante un tribunal y en presencia de los genocidas la triste crónica de los estragos sufridos. A mi hija Alejandra, que en una sala próxima esperó durante horas su momento de dar uno de los testimonios más bellos y emotivos de este juicio. A mis familiares cercanos, a mi padre, a Pablo, a Cristina, a Paula, a Milena, y muy especialmente a mi hija Tamara, que con tanta valentía escuchó lo insoportable de esta historia, que forma parte de su prehistoria. A las queridas madres que estuvieron sentadas en la sala, a los padres, a los hermanos, y a los hijos de mis queridos compañeros asesinados. A mis viejos compañeros de militancia -los de entonces- y a mis compañeros más nuevos; a los que militan desde el llano y a los que hicieron un alto en sus funciones públicas para venir a escucharme, ratificando con su presencia el compromiso con las políticas de verdad, memoria y justicia. A los amigos que acudieron en mi ayuda, los que me brindaron su abrazo y su respaldo. A todos los que sentí respirar a mis espaldas y sostuvieron con su aliento cada una de mis palabras. A todos los que no sentí respirar a mis espaldas porque se agotaron los lugares y tuvieron que seguir mi testimonio y el de Ale en la otra sala a través de una pantalla. A los que no pudieron entrar en ninguna de las dos salas y se quedaron aguantando en la vereda, entre ellos muchos sobrevivientes que ya han dado testimonio en este juicio. A los que vinieron de otras ciudades, a los que viajaron desde otras provincias, a los que me llamaron desde países lejanos. A los psicólogos del equipo de acompañamiento a los testigos, a quienes sentí latir conmigo en cada frase, en cada pausa, desde los diversos rincones del tribunal. Al equipo de abogadas que trabaja sin descanso, y muy especialmente a Gabriela Durruty, con quien venimos caminando juntas en todos estos años el tramo que nos toca para desandar la impunidad. A los testigos que enfrentando el dolor de recordar relataron su propio padecimiento durante la dictadura y dieron fe de cuanto nos ocurrió a nosotros. A los fiscales, sin cuya pericia todo este esfuerzo carecería del rumbo indispensable. Y en particular a Gonzalo Stara, por su conocimiento profundo de la causa, por su firmeza y solidez en las preguntas. A los que me llamaron o me mandaron mensajes antes, dándome fuerzas; a los que me llamaron o me dejaron mensajes emocionados después. A todos los que me hicieron sentir que el esfuerzo de hacer memoria vale la pena y que mi voz forma parte de un colectivo humano muy potente, muy intenso, que se agranda con el tiempo y se alimenta con los rostros frescos de los jóvenes, principales protagonistas del presente y del futuro que queremos construir. A todos, muchas gracias.


































