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Advierten sobre serias falencias en el sistema de drenaje pluvial rosarino

Bajo el agua. Así lo asegura un experto en hidráulica de la UNR y remarca que no hay estudios de previsión ante grandes lluvias.  

Miércoles 10 de Abril de 2013

Un altísimo porcentaje de concentración urbana, la edificación en zonas bajas, el aumento de la impermeabilización de la tierra, el atraso de obras estructurales y las características geográficas naturales de Rosario como ciudad de llanura. Esa combinación de factores enumera Gerardo Riccardi, docente e investigador del Departamento de Hidráulica de la Facultad de Ingeniería de la UNR, para concluir sin alarmismo pero con ojo previsor que "el sistema de drenaje urbano, tal como está, no es sostenible".

Por esta misma suma de motivos, para el investigador, la solución no llegará sólo de la mano de obras estructurales sino de un conjunto de acciones —desde el control de los usos del suelo hasta la instalación de terrazas verdes— entre las que prioriza una: "Hay que empezar a estudiar fuertemente qué podría pasar en la región con lluvias extremas. Por dónde pasaría el agua, dónde escurriría, dónde se almacenaría. Sin mediciones, las obras para atenuar el impacto van a estar rodeadas de incertidumbre", advirtió.

—Tras las inundaciones en La Plata se planteó que Rosario no está preparada para resistir una lluvia tan intensa. ¿Cuál es su opinión?

—En el evento de La Plata se informó que cayeron 180 milímetros en tres horas. Es una lluvia totalmente excepcional caída en muy poco tiempo. En cualquier lugar hubiese producido un fortísimo impacto en términos de inundaciones. La red de desagües urbana dentro de una ciudad tiene dos componentes. Uno es el sistema mayor o de macrodrenaje. Otro es la red de conductos, bocas de tormentas, sumideros y zanjas que se diseña para recoger tormentas frecuentes. Todos los conductos de Rosario, los emisarios 9, 10 y sur, fueron diseñados para captar lluvias frecuentes, que se suelen superar una vez cada dos a cinco años. Rosario tiene una red de desagües para tormentas frecuentes que ha funcionado, pero si cayera un aguacero de magnitud, habría fortísimos impactos.

—¿Qué obras se necesitan para reducir ese impacto?

— En control de inundaciones siempre hay dos tipos de obras: las que se hacen con la inundación encima y las que se planifican en tiempo seco. Hay acciones no estructurales como reglamentaciones de uso y ocupación del suelo, el control de los caudales que se erogan después de hacer una urbanización, el mapeo de zonas de riesgo, pautas para el barrido y la limpieza, la operación de sistemas de alerta, la creación comités de cuenca. Aparte de todas esas medidas, en la ciudad hay una demanda de infraestructura pluvial muy gruesa, que en algún momento se va a tener que dar si se quiere establecer una protección a inundaciones sostenible en el tiempo en Rosario. Hay que ver cuánto salen las obras en la cuenca del Ludueña, cómo se financian. En este punto discrepo con la idea de que el Estado está ausente: está, pero no alcanza. Y como sociedad tenemos que articularnos para generar más recursos y ver quién los paga.

—¿Cómo impacta el avance de edificaciones?

— Hay presiones urbanísticas muy fuertes que hacen que se empiecen a urbanizar sectores bajos o que alguna vez fueron laguna. En Argentina el porcentaje de población concentrada en ciudades es del 90 por ciento, uno de los

más altos de Latinoamérica. Esto genera una presión infernal sobre la infraestructura urbana. La cuestión es la ocupación del territorio: cuando se impermeabiliza, aumenta el volumen de agua que se acumula. Cuanta más superficie verde podamos dejar para permitir infiltración, mejor. Por eso, como en todo sistema productivo, hay que marcar la cancha. Por esto, sumado a la falta de una mirada sobre qué hacer ante lluvias extraordinarias y el atraso en infraestructura, no estamos ante un sistema sostenible. Y así no podemos continuar. Hace falta una mirada crítica de la autoridad hídrica, porque los episodios no pasan hasta que pasan. Las ciudades son rígidas y el rango de soluciones está acotado, pero hacen falta recursos y un Estado más presente. Todo aporta, desde las terrazas verdes, las reglamentaciones para almacenar agua en el domicilio, más espacios verdes o promover superficies infiltrantes, pero ninguna medida por sí misma es la solución.

— ¿Qué sería inmediato?

—En el ámbito urbano hace falta estudiar qué podría pasar con lluvias extremas. Por dónde pasaría el agua, dónde escurriría, dónde se almacenaría, qué zonas serían más vulnerables. Se necesita el estudio, pero también que se junten todos los actores en urbanismo e infraestructura para ver cómo se atenúa el impacto. Lo peor que se puede hacer es no reconocer el problema. Sin un estudio, el gestor público pierde de vista la planificación. Faltan datos y sin mediciones en el futuro se van a hacer obras con incertezas. Estas son acciones no estructurales, pero que permiten un conocimiento del sistema hombre—naturaleza para enfrentar estos fenómenos que son cíclicos.

Los efectos del crecimiento

Uno de los gráficos que componen el material de estudio de la cátedra Recursos Hídricos III de la Escuela de Ingeniería Civil ilustra cómo, desde hace siete décadas, el crecimiento urbano requiere una intervención cada vez mayor sobre el Ludueña para contener crecidas extraordinarias. En la década del 40, para una lluvia de 300 milímetros en tres días bastaban 22 metros cuadrados de entubamiento. Con la construcción del Aliviador 1, en los 60, y la presa de retención de crecidas en los 80, esa superficie creció hasta los 73,7 metros cuadrados actuales. Una infraestructura que, para los pronósticos del equipo docente, no alcanza.

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