Dice la politóloga Chantal Mouffe: "Hay que reconocerles a los populismos de
derecha que conocen la importancia de la dimensión afectiva para construir política". Veamos si no.
El tremendo acontecimiento del crimen de Daniel Capristo, ocurrido la noche del miércoles en
Valentín Alsina, ya hizo surgir, del brazo de la crispación pública, un menú de "soluciones" que
pasan, básicamente, por las mismas variantes mil veces probadas y que no resultaron. Que no
resultarán.
Cierto que es imprescindible sancionar un régimen penal juvenil que le permita
tener garantías a un chico que está acusado de un delito (por ahora está acusado: un régimen
jurídico democrático siempre tendrá primero que probar su culpa, a menudo a contrapelo de los
deseos populares de soluciones sumarias). Hoy los chicos por debajo de 16 años detenidos no tienen
las garantías que sí tienen los mayores, como plazos de encierro definidos o derecho a un defensor.
Del Medioevo.
Pero, una vez más, esta solución sin embargo necesaria es siempre para cuando el
delito ya se produjo. No implica intervenir en el antes de la tragedia lo que, es bueno saberlo, es
una tarea con límites: una sociedad de masas podrá darse estrategias para reducir el crimen, nunca
para eliminarlo. Los que viven en una ciudad de más de un millón de habitantes —donde las
oportunidades son claramente desiguales según cómo y dónde nace cada uno— y esperan que no
haya delito pueden dar por claro que tienen un trabajo fijo.
En el mismo momento en que se produce el tremendo trauma, en el medio del dolor,
las cosas que allí se dicen se equiparan a soluciones en política criminal. Eso nos parece lógico.
Pero pensemos analogías ¿Es sensato preguntarle a una persona allegada a la víctima de un accidente
aéreo cómo construir un avión más seguro? ¿Sería recomendable confiarle a alguien en una reunión de
amigos una operación de urgencia porque alguien se lastimó gravemente cerca de él? No
pareciera.
No obstante, las propuestas más audibles sobre qué hacer en política criminal se
recogen de esos ámbitos de desesperación. La proximidad a la víctima de un delito habilita a decir
cualquier cosa sin réplica. ¿Qué periodista se anima a matizar, en esos escenarios de enorme
emotividad, planteos que vienen del profundo dolor de la pérdida y que se nos presentan como
recetas de especialistas para garantizar la seguridad?
Ahí está el equívoco: no se puede garantizar la seguridad. En ningún lugar del
mundo se puede. Siempre habrá un crimen que nos estremezca y que nos instalará en un lugar
inseguro. Pero los medios masivos hoy, ante un crimen como el de Capristo, muestran la "bronca y el
miedo" de "la gente" como una plataforma habilitada e incontestable de donde extraer soluciones. Ya
pasó con Blumberg y su "solución", con adhesión de muchedumbres, fue un mamarracho.
La sociedad se desentiende de los monstruos que crea, los expulsa lejos y los
desafilia. El chico de 14 años detenido por el crimen de Daniel Capristo tiene nombre y apellido.
Se llama El Otro. Es algo diferente de Nosotros. Nosotros aceptamos vivir en una sociedad en donde
parece normal que algunos tengan garantizado desde el nacimiento educación, servicios médicos,
alimentación, vivienda, recreación y afecto, y algunos no. Luego aparece este chico, El Otro, y nos
despedaza ese ideal de normalidad. ¿Será que sólo ese pibe tiene que revisar su conducta?
Y no es solo delinquir por tener hambre. En Argentina hay desocupados de tercera
generación. Es mucha gente para la cual su normalidad es ni siquiera concebir un trabajo para
resolver su vida material, porque la cultura del trabajo es ajena a sus pautas de socialización,
porque fueron desterrados a un lugar de no ciudadanía. Eso no fue siempre así. Pero en algún
momento, en la década pasada nomás, la mayoría electoral acompañó con su voto una política que
había dejado un 25 por ciento de la población sin empleo. Pero es más reparador transferir toda la
angustia de Nosotros a la culpa de El Otro.
La noticia policial se produce en vivo y en directo. Cuanta más exaltación, más
carga informativa. Esa modalidad de construcción es un sentido común de los medios, que deberíamos
serenarnos. Acudir a la exaltación, la falta de contextualización y la simplificación es hoy el
modo de narración predominante. Víctimas de accidentes aéreos puestos a diseñar aviones. La
dimensión afectiva, como decía Chantal Mouffe, haciendo prensa. Haciendo política.