A los argentinos nos gusta el vino y le rendimos honores no sólo en los grandes asados, sino en la cotidiana mesa familiar; y según las condiciones económicas, las copas se llenarán con un simple vino de selección o con un varietal de alta gama. Pero salvo en las regiones vitivinícolas, en el resto del país no nos interesamos demasiado por los pormenores de la cosecha de la uva, aunque hayamos presenciado alguna Fiesta Nacional de la Vendimia en Mendoza. Y mucho menos nos preocupamos por los viticultores. Si bien se ha instituido el 1º de febrero para homenajearlos, todos los días del año están presente en cada botella de vino que se abre; en cada afectuoso "choque de vidrios". Los viticultores son los trabajadores de los viñedos; los que construyen acequias, abren el surco en la tierra viñatera; siembran las vides, preparan injertos, alambran los parrales y hacen la poda en las hileras. Son el primer eslabón de una cadena de trabajo que continúa con quienes llenan los canastos con racimos, y cargan los camiones en los callejones con el noble producto de las vides. Con aquellos que controlan el desarrollo de las uvas y con los que la transportan hasta las bodegas; con quienes elaboran el vino y cuidan su calidad en varios departamentos mendocinos; en San Juan, La Rioja y Cafayate; todo, en el marco de la anual actividad de la vendimia, haciendo posible que la antigua trilogía de colores compuesta por el tinto, el blanco y el rosado, llene los vasos para el brindis emocionado en los encuentros familiares y de amigos; propiciando el tradicional "fondo blanco" y la "vaquita echada" en las guitarreadas cuyanas. Y no se debe olvidar a los viticultores de Villa Dolores y San Javier en el Valle de Traslasierra, como asimismo a los de Catamarca, San Luis, Colonia Caroya, Neuquén y Río Negro. No todas las tierras son aptas para el óptimo crecimiento de las vides; sin embargo, en algunos rincones de la vasta geografía argentina, aunque el suelo y el clima no sean propicios, hay apasionados cultivadores y artesanales elaboradores del milenario milagro de las uvas, aunque sólo se trate del tradicional y humilde vino "patero". Por eso, vaya el reconocimiento y el cordial saludo a todos los viticultores del país. Ellos son sinónimo de vino; el vino que ilumina el alma, descubre secretos, crea alegrías y adormece penas; el vino que hace florecer recuerdos y entona el ánimo en las reuniones donde campea el espíritu fraternal. El vino que nace una y otra vez en la entrega generosa de las vendimias; esas que como dice el poeta Jorge López Riverol, atraen a las "golondrinas bulliciosas" que revolotean por San Juan y por Mendoza.


























