La suspensión del pago de la deuda externa, un hecho que impuso la realidad a principios de diciembre de 2001, quedó en la historia asociado a la escenificación que poco después hizo Adolfo Rodríguez Saá durante la asamblea en la que asumió su breve gobierno. La mala prensa de aquel discurso no puede esconder el impacto del default en la posterior recuperación de la economía. Así lo consideró Enrique Martínez, quien, como integrante del Frepaso, fue secretario Pyme de la Nación durante el gobierno de la Alianza. “Suspender el pago fue muy criticado, incluso por economistas populares, pero sin embargo, fue lo que fundamentó la recuperación”, dijo y fue más allá: “Si no hubiese ocurrido esa cesación de pagos, ni Eduardo Duhalde ni Néstor Kirchner podrían haber hecho los gobiernos que hicieron”.
Referente de la economía popular mediante su militancia en el Instituto para la Producción Popular, Martínez vivió de cerca los procesos de tensión social que emergieron tempranamente durante el gobierno de Fernando De la Rúa, que venían gestándose desde el menemismo. De hecho, intentó actuar como “pacificador” en el conflicto salteño de General Mosconi y Tartagal, que como tantos otros, se fueron replicando en distintos puntos del país como “anticipos” del gran sismo de 2001.
“Cuando me designaron secretario Pyme una de las primeras cosas que aparecieron como conflictos fue ese episodio en Salta. Fuimos en una misión porque creíamos que había una solución, podíamos instalarnos en el lugar y armar un esquema de generación de puestos de trabajo junto al Banco Nación y la Universidad Nacional de Salta”, recordó. Pero también mencionó los límites que le impuso a ese proceso en primer lugar el gobierno provincial de Juan Carlos Romero y también la propia gestión nacional de De la Rúa. “El hostigamiento fue terrible porque el gobierno provincial no quería injerencias, y ahí se demostró la fragilidad del gobierno de De la Rúa para encarar este tipo de situaciones”, rememoró.
Martínez llegó a la Secretaría Pyme convocado por Carlos Chacho Alvarez, tras dejar su cargo de diputado electo por el espacio que conducía el ex vicepresidente de la Alianza. La salida del líder del Frepaso del gobierno a mitad del 2000 agigantó las tensiones en la coalición gobernante, lo que llevó al entonces funcionario a enfrentarse con la política económica que fugazmente encaró Ricardo López Murphy y luego Domingo Cavallo.
“La crisis de 2001 fue fruto de la debilidad del sistema financiero; de los errores de la política económica aplicada durante el menemismo, que generó esa situación que el gobierno de De la Rúa no supo corregir, y además, de la insensibilidad de los funcionarios”, resumió Martínez al señalar que la decisión que tomó Cavallo de aplicar el corralito “era una de varias y fue la más loca, la más absolutamente insólita”.
En ese sentido, recordó que los de diciembre de 2001 fueron “días terribles en términos policiales, históricos y de desmadre económico”, pero a su juicio fue el resultado de “imaginar que podía resolver el problema quien lo había causado”, en referencia al ex ministro de Economía. “No puede ser más necia la actitud de una dirigencia política que termina convocando a quien causó el problema”, agregó.
—Integraba el gobierno de la Alianza en 2001 ¿Cómo recuerda los hechos que derivaron en la crisis de fin de ese año?
—El 19 y 20 de diciembre de 2001 era secretario Pyme y secretario de Empleo simultáneamente en el Ministerio de Trabajo. Fue el cargo final que ocupé hasta que cayó el gobierno de De la Rúa habiendo sido diputado nacional en el comienzo del gobierno por el Frepaso. Fueron días terribles, producto de imaginar que podía resolver el problema quien lo había causado. El corralito fue una solución no real que imaginó Domingo Cavallo, quien era el autor de la convertibilidad y que armó la bomba de tiempo que luego explotó en 2001. No puede ser más necia la actitud de una dirigencia política. Sin embargo, estaban tan confundidos, tan desesperados que terminaron haciendo eso. Y ahí involucro a buena parte de la dirigencia, no sólo el gobierno de De la Rúa sino del Frepaso que acompaño esa designación. La opinión pública imaginó que Cavallo podía ser una solución cuando fue el detonante final del problema.
—¿Qué recuerda de las discusiones que se desarrollaban dentro del gobierno? ¿Cómo se iban perfilando las amenazas sobre la gestión y cómo se procesaban?
—Yo fui secretario Pyme nombrado durante la gestión de José Luis Machinea. Luego él renunció y lo sucedió fugazmente Ricardo López Murphy. Seguí en el cargo, porque creía que tenía un derecho de pertenencia distinto. Asumió Cavallo y continúe aunque De la Rúa cambió la Secretaría Pyme al Ministerio de Trabajo y dejé de depender de Economía. De esos momentos hay anécdotas muy reveladoras. Los quince días que López Murphy fue ministro de Economía el gabinete de secretarios se reunía todas las noches con sus asesores y puedo asegurar, y no es una imagen agigantada, que algunos de ellos estaban permanentemente al borde del llanto cuando caían los bonos en Estados Unidos y eso significaba que podíamos caer en default. Esa gente creía que éramos simplemente una casa de cambios y no un país. Estábamos en manos de quienes miraban sólo el Dow Jones y los índices internacionales para ver como salíamos adelante. Luego, cuando asume Cavallo, por ejemplo, ponía al Jefe de Gabinete a llamar a las empresas para que depositaran su plata en los bancos y no se llevaran los dólares. Una cosa absolutamente doméstica y precaria. Por lo tanto, los empresarios advertían esa precariedad y hacían lo contrario, lo cual aceleró el desastre. Es decir, faltó autoridad a partir del momento en que Alvarez se fue, e incluso antes. Luego se agudizó con la sucesión de ministros de Economía de manera vertiginosa. Nadie creía en el gobierno. Esa era la situación.
—Luego de la profunda crisis, la devaluación, el default, la Argentina se recuperó rápidamente ¿Cómo evalúa la salida de esa crisis?
—No soy un gran macroeconomista, soy un productivista. Creo que lo que había que hacer era poner mucho énfasis en recuperar la producción y estimular el consumo, que en realidad estaba menos deprimido que lo que hoy está. En 2001 el consumo per cápita era superior en términos históricos al actual en promedio. Bastaba con algunas medidas de recuperación que no se tomaban justamente por esa lógica de los ministros de Economía que eran absolutamente monetaristas, algo que considero autodestructivo. Pensar que no se puede tener déficit y como consecuencia aumentar la desocupación y crear problemas de ingresos en los más humildes es perverso. La solución de cualquier crisis económica en cualquier lugar del mundo es el trabajo pleno, no los subsidios ocasionales, o ayudas temporarias, o peor aún, la caída del salario real para que la hegemonía financiera sea más nítida. Hay que encontrar todos los caminos para generar trabajo aunque eso signifique aumentar el déficit, porque si se lo aplica a generar trabajo es absolutamente temporario. El trabajo no solo genera consumo sino también impuestos que reconstruyen la caja.
—¿Qué se aprendió respecto de esa crisis y del rol de la economía popular?
—Me parece que poco. La verdad que estas discusiones sobre si la Argentina puede tener déficit o no, buscando la plena ocupación, la participación de los sectores populares de la agricultura familiar en la provisión de bienes para el consumo, ese tipo de cosas no sólo están cooptados por el pensamiento económico ortodoxo todavía, sino que también se considera que apoyar a los pequeños es algo así como asistencialismo y no es legítima promoción de la producción. En tanto y en cuanto se considere que al pequeño hay que apoyarlo como una suerte de dádiva o limosna, me parece que nos se va a encontrar el rumbo.