
El gobierno vive días de tranquilidad por efecto del cepo y tasas negativas contra la inflación. Si no amalgam´´as estas medidas con la llegada de inversión genuina, la tranquilidad actual se convertirá en pesadilla a mediano plazo. El país necesita más inversión no emisión.
La represión financiera le ha dado margen al gobierno para comprar tranquilidad a corto plazo, y probablemente más dolores de cabeza a mediano y largo plazo.
En este escenario el ahorro no se conduce hacia el dólar oficial por prohibiciones expresas, y tampoco hacia el plazo fijo en pesos por tasa negativa contra la inflación. No se compran bonos por ser pasibles de una reestructuración, y tampoco letras por temor a ser reperfiladas. Acciones abstenerse en este escenario, al menos hasta conocer la reestructuración de la deuda.
El dólar a futuro tampoco resulta un instrumento atractivo para la especulación.
Esta es una economía que se va quedando sin crédito, es escaso en términos nominales y caro desde el punto de vista de la tasa de interés. Esto genera una extremada iliquidez en el mercado, que no solo impide la inversión, ayuda a que muchas empresas cierren sus puertas.
Desde el 11 de agosto de 2019 en adelante que la Argentina está en el garaje, no ha salido a rodar por el pavimento, las decisiones empresariales han quedado congeladas, y todas las medidas que se han tomado van por el camino de congelar o reducir gastos, despedir personal o acumular algo de dinero para soportar los probables quebrantos futuros. El 10 de diciembre asume un nuevo gobierno, y las miradas están en puestas en como reaccionará para revertir el escenario económico actual.
Se necesita que en lo inmediato retorne la inversión y el mercado sea regado de financiamiento a una tasa razonable. Todos sabemos que esto es difícil que ocurra, pero las señales para una salida ordenada las debe dar el gobierno en dos temas claves, la renegociación de la deuda con privados y el acuerdo con el FMI.
El mercado está lleno de rumores, pero se especula que el gobierno se tomará un tiempo para negociar. La idea base que más se escucha es que el gobierno no quiere realizar quitas de capital, a cambio propone que no se realicen desembolsos de intereses y amortización por un largo periodo de tiempo. Las versiones van de 2 a 4 años. Los inversores no verían mal esta negociación si los intereses se capitalizan para pagar con la amortización. No es magia, no habría una quita nominal, pero el valor presente del bono caería notablemente. La nominalidad de los argentinos a la hora de invertir hace esta propuesta aceptable.
El mayor problema a corto plazo es el vencimiento de la deuda en pesos, que no podría ser monetizada, ya que implicaría una gran emisión de pesos y esto atentaría contra la volatilidad de los precios. Aquí también cabría una reestructuración, y en muchos casos habrá que reperfilar lo reperfilado.
Estas medidas generarían un efecto pobreza en la economía, sin embargo, dado que la destrucción de precios fue muy significativa, tal vez lo peor ya lo vivimos y podríamos observar una recuperación de precios ante la claridad de las propuestas, y el fantasma de que esta renegociación no es similar a 2005.
Lo que Argentina necesita es una renegociación amigable para dar paso a la financiación de proyectos privados en áreas ligadas a las materias primas (por ejemplo, petróleo). Por otro lado, hay que regar de liquidez el mercado de los bonos corporativos de las empresas, ya que esto atentaría contra una posible recuperación.
En conclusión, a corto plazo, una reestructuración de la deuda amigable, sin quitas y extendiendo plazos, es un dato alentador para el mercado y pondría fin a la caída libre de las cotizaciones. Deja espacio para que las obligaciones negociables de los privados se puedan renegociar en el mercado. Para hacer sustentable esta renegociación, Argentina necesitaría presentar un plan económico que permita retomar en 2 años el superávit fiscal.
Las estimaciones de los estudios privados dan cuenta de que el país en el año 2020 podría mostrar una caída del PBI del 2,5 por ciento y para 2021 un crecimiento del 1 por ciento del PBI en términos reales. Esto implica que el desafió es muy importante, hay que ajustar por la vía del gasto, los ingresos serían intocables si pretendes volver a crecer, ya que la presión tributaria es muy elevada.
Mientras el esfuerzo de la economía formal será muy elevado, en el mercado crece sin descanso una economía informal, con otras tasas de interés, otro dólar a $ 69, y más rentabilidad porque no paga ningún impuesto. Si no aparece un plan serio para crecer, la informalidad le ganaría a la formalidad.
Sin una ley de incentivo a la inversión, con fuerte poda de impuestos al que realice una inversión nueva, no hay salida posible. Recuperar la magia de la emisión es como en el juego de la oca, te puede hacer retroceder 4 casilleros (años).

