Cultura y Libros

Una vida de escritor

El nicoleño Alberto Lagunas llegó a Rosario cuando era muy joven y en esta ciudad desarrolló una obra literaria que logró repercusión nacional. Su reciente y solitaria muerte pasó inadvertida. Sus colegas, sin embargo, lo evocan con respeto y afecto.

Domingo 04 de Marzo de 2018

Alberto Lagunas nació en San Nicolás en 1940. Se trasladó a Rosario a estudiar la carrera de Letras, y ya nunca abandonaría la ciudad.

Los cuentos escritos en aquella época fueron reunidos en un volumen, Los años de un día, que editó la Biblioteca Constancio C. Vigil en su colección Alfa. En 1973, el Centro Editor de América Latina, en su serie Narradores de Hoy, dio a conocer su segundo libro de cuentos: El refugio de los ángeles. Un año después un relato del primer libro fue editado aparte por Ediciones La Cachimba: La travesía. Es en este texto donde puede rastrearse mejor la influencia de Virginia Woolf en su narrativa, sin perjuicio de otras lecturas: Alejandra Pizarnik o Nathalie Sarraute, por ejemplo. Pero la incorporación de lo fantástico a lo cotidiano nace de un clima de época inconfundible, pues no se siente en estos cuentos la necesidad de explicar —lo haga el autor o no— los sucesos no realistas, como en Cortázar o, incluso, en Borges. En Lagunas lo fantástico es una forma de entender el mundo, un elemento sin el cual ese mundo no tendría sentido.

Ya recibido, y trabajando en la docencia para enseñar literatura, aparecen las siguientes colecciones de relatos, que republican algunos textos e incorporan otros nuevos: Diario de un vidente, de 1980 (Losada, reeditado en 1994 por la Municipalidad con el título de Diario de un vidente y otras alucinaciones, que lleva un prólogo de Inés Santa Cruz), Fogatas de otoño, de 1984, y El tajo feroz, de 2008. Lagunas ya había incursionado en la poesía con la publicación de Ayeres (Buenos Aires, Ensayo Cultural, 1973). En 1999 Ciudad Gótica publicó Cantos olvidados (que se reeditó aumentado en 2009), y en 2001 se conoció En esta casa ya no caben los muertos. En esta etapa las características ya señaladas se afirman, se agudizan. Como lo dijera él mismo: "Mis cuentos no distinguen la línea divisoria entre literatura psicológica y literatura fantástica".

En la última etapa de su vida proyectó muy poco su producción; se volvió más solitario, aislado. Trabajó, sin embargo, en la docencia hasta el final. Clarividente, profetizó en un poema su final: "Yo moriré solo/ como mueren los malos recuerdos".

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