Cultura y Libros

Lagunas en prosa y poesía

Domingo 04 de Marzo de 2018

Fogatas de otoño

Una no ve caer las hojas, pocas veces se ve una hoja cuando cae, pero esto se llena de un día para otro. Y no son amarillas, como se ha escrito en las composiciones para los chicos, sino marrones, y algunas, negras. Quizás ahora la edad le va dando una nueva sabiduría y otra tranquilidad. Esto de tranquilidad le gusta. Ha llevado el rastrillo hasta el tronco de un paraíso, lo golpea, pero no cae ninguna. Tiene varias montañitas de hojas y ahora sí ve algunas amarillentas, ocres. Ha dejado aparte dos, porque son bellísimas. Las guardará algún tiempo, lo sabe: siempre lo ha hecho con otras cosas hasta que se cansa y las tira, porque es como si de golpe hubieran perdido valor. Ahora está tranquila y le gusta no tener apuros, sin embargo, cuando piensa en la tranquilidad actual bien podría ser diferente si su marido estuviera con ella, siente el mismo alivio que tuvo luego que él la dejó. Está bien que sus hijos la acompañan y que siempre la apoyaron, pero¿no habría cierto reproche en el apuro de su hija por casarse? Sí, podría ser. En el casamiento había estado su marido; pero ella se comportó con la misma amabilidad destinada a los invitados que no conocía. Además había algo en Celia que le preocupaba. Querría haberle preguntado la noche anterior a la reunión si realmente tenía algo que reprocharle, quizás alguna de sus rarezas (preferir la soledad, por ejemplo, no es ninguna rareza) pero no se atrevió. Además sabía que también estaría por llegar Manuel desde Buenos Aires y no quería crear clima de tormenta sobre todo porque Manuel viene poco, y últimamente le escribe menos. Manuel vino, la saludó cariñosamente, pero ella ya no podía entrar en el mundo de su hijo. Con ésta son cuatro, pensó. Era la cuarta montañita, y pronto llegaría la noche y con los cambios de hora, la noche llega más temprano. Sí, estos cambios la confundían. No calculaba bien el tiempo. Y ademas los días pasaban tan semejantes últimamente, que ya no podía distinguirlos unos de otros. Y siempre lleno de hojas. Todos los días tenía que ocuparse de levantar montañitas y luego quemarlas. Bueno, en realidad, todos no. Pero los otros días cuando llegó su yerno estaba recogiendo hojas. "No es tarea para usted" le dijo él riéndose y quiso ayudarla. Se quitó el saco y terminó rápidamente. Luego pasaron a la casa. Había pocas bebidas para ofrecerle, pero Raúl es tan amable. Ella se siente a gusto, como si fuera un hijo. Más, le hace recordar a un muchacho que había conocido en una playa. Se llamaba Marcial. ¿Pero cuánto hacía de esto? En realidad, no recordaba. Raúl se reía. Siempre se reía con ella. Era tan bello y tan joven que podría ser su hijo. Luego de verlo en la playa lo encontró una mañana jugando a la pelota. Ella iba con su hermana y él, desde el frontón, le había sonreído. Después comenzaron a salir los tres. En la playa ella se enteró de que estudiaba derecho aunque en realidad le hubiera gustado ser poeta. Siempre hay que dejar algo en el camino, piensa ahora, en el momento en que recoge otra hoja. Siempre dejamos una inquietud referida al arte; todos. Quizás aquella otra vez, cuando comían helado de chocolate con nueces, y él le prometió escribirle, ella tendría que haberle dicho que estaba casada, que su marido no tendría vacaciones ese año y que la había incitado a viajar con su hermana: pero nada dijo. Y así comenzó a mantener correspondencia hasta que él le escribió que quería formalizar la situación. Ella había tomado todo como un juego, se consideraba algo así como la mujer idolatrada por un poeta, en cartas que poco tenían que ver con su realidad. Sin embargo él intentaba tener una cita con ella. Pero ¿cómo explicarle a su marido que debía partir hacia La Plata? Porque era preferible a que él viniera, sin duda. Y así, en una carta que ella consideró convincente, todo quedó detenido hasta el verano próximo. En ese interín ella tuvo a Celia. Y Celia la hizo olvidar de ese joven rubio que se echaba en la arena y le decía poemas que ahora la hacían sonreír. Nunca más lo volvió a ver. Sin embargo aquella tarde antes de ir a la playa, muy diferente a las tardes de ahora, cuando su hermana dormía la siesta, pensaba, y entonces dejó de pensar. Sintió en la piel una tibieza similar a la tibieza de la piel de Marcial. Sintió, más allá de todo pensamiento, una sensación de ternura, como si ahí mismo, entre las hojas, hubiera encontrado un pequeño brillante perdido. Y vio a lo lejos una imagen (con la levedad del sueño y la rapidez de esas sensaciones). Y en esa imagen iba ella, muy joven con una llamita entre las manos; una llama que aún guardaba en su propio corazón. Y dónde habré dejado los fósforos, se obstinó en pensar nuevamente. Las montañitas de hojas todavía recibían la luz del sol. Voy a tener que apurarme para que no llegue sin terminar. No es que la noche le dé miedo. Además, siempre se acostumbró a estar sola de noche. Casi inmediatamente después de casarse, su marido consiguió un trabajo de viajante, y ella se quedaba sola por las noches. Su hermana venía a visitarla, y así, tomando café, ella retenía un mundo con el cual nunca había roto totalmente, porque en realidad no había necesidad de romper. Su mundo de soltera, los consejos de su madre que estaban presentes en las palabras de su hermana, aunque sólo opinara sobre detalles minúsculos, por ejemplo, cierta disposición en los muebles, o el color de las cortinas. Las cortinas habían sido cambiadas varias veces y ahora no encuentra los fósforos. Cuando se enteró de que su marido había tenido un hijo en otro pueblo, se sintió muy mal. Manuel ya iba a cuarto grado y tenía muchas condiciones para seguir una carrera, en cambio Celia, siempre tan poco dispuesta a estudiar. Su marido le explicaba la situación, pero ella no quiso compartir nada. Además, sentía como si ella hubiera dejado una gran parte de su vida aquel verano con Marcial. Si ella había superado ese deslumbramiento, si había podido volver, entonces él no tenía ningún perdón. Claro,las cosas no fueron plantadas así en ningún momento. Nadie sabía de la existencia de Marcial, sólo su hermana, pero su hermana creía ver ahí sólo una tímida amistad. Siempre había ignorado muchas cosas y se había preocupado por otras que no tenían importancia, piensa ahora con los fósforos en la mano. Y quizás debido a su madre, aceptó no disolver el matrimonio. Fue siempre algo raro la presencia de su madre. Ya había muerto, pero ella seguía obedeciendo consejos que alguna vez le fueron dichos. Pero los años pasaban y Marcial se iba instalando como una cita para el verano siguiente. Ella no aceptó más a su marido. Y él alargó sus viajes hasta que un día no volvió. Manuel había comenzado a estudiar en Buenos Aires, y no derecho, como ella hubiera querido, sino bioquímica. Cuando su marido volvió (para irse definitivamente) le dijo que vivir con ella era insoportable, y así arbitrario como siempre, decía que era preferible una vejez tranquila con un hijo y una mujer que lo querían, a vivir con ella. No tendría que haberle dicho ladrona, porque es una palabra muy fuerte. Además, ella no había hecho nada para robarle el cariño de Celia ni de Manuel. No tenía nada para probarlo. Y así, con una dignidad que no sabía de dónde pudo sacar, le abrió la puerta para que se fuera. Un día, Celia volvió con un joven que se parecía tanto a Marcial que se sintió más unida a su hija. Raúl se parecía a Marcial, tanto. Alguna vez había pensado seriamente en verlo de nuevo. Pero la carta con su respuesta se fue postergando. Temía los años. En cambio, ahí estaba él, desafiando el tiempo: joven como siempre. Su manera de reír. Y aunque habían pasado cerca de treinta años. Volvía con los fósforos. Prefería quedarse allí. Prendió fuego a unos papeles. En algún lugar de la cómoda guardaba las cartas de Marcial. Tendría que releerlas. En eso, vio una hoja que caía. Era bella, como un pájaro en vuelo. Prendió fuego a la montañita. Sonreía.


Certeza
Yo moriré solo
como mueren los malos recuerdos.
Y me hundiré en tus ojos azules
—jamás podrían ser celestes—
vos, que te fuiste primero.
Oh, sol,
cómo oscureces.

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