Cultura y Libros

Una intensa mirada de mujer sobre la gran literatura

En El texto encuentra un cuerpo, la mexicana Margo Glantz repasa su vital relación con la palabra y da una lección de lucidez y desenfado.

Domingo 16 de Febrero de 2020

La literatura de ficción suele ser vinculada con palabras severas y conceptos profundos, con complejas visiones del mundo, redentores impulsos de transformación social y concepciones que, más allá de lo estrictamente religioso, pueden caer con facilidad en lo apostólico. Sin embargo, el inevitable trasfondo de la lectura de cualquier relato debe ser. sencillamente, el placer. Sin él, no hay lectura que se sostenga.

La novelista, crítica y prestigiosa docente mexicana Margo Glantz (nacida en 1930, el lector puede calcular su edad fácilmente), en un reciente texto publicado por la editorial Ampersand en su apasionante colección Lector&s, hace un recorrido tan ameno como intenso a través de los libros que iluminaron su vida. Y la mirada de Glantz, por suerte, es contundentemente femenina.

De entrada. la autora de De la amorosa inclinación a enredarse en cabellos y El día de tu boda muestra las cartas, para alegría del lector, que lo primero que espera de un autor (muchos suelen olvidarlo) es sinceridad: "Siempre ha habido novelas sólo para mujeres", dispara, con refrescante y bienvenido desenfado. Y después inicia un viaje que merece ser compartido.

Sade, Choderlos de Laclos, Casanova, Michelet, Poe, Horacio Quiroga, Bruno Schulz. Ford Madox Ford, Lampedusa y Faulkner, entre otros, son diseccionados con perspicacia por Glantz, que descubre aristas nuevas en textos consagrados. Pero lo que sin dudas se destaca en este delicioso tomito son sus ensayos dedicados a las mujeres. Jane Austen, George Eliot, Charlotte y Emily Brontë, Virginia Woolf y Jean Rhys son analizadas con rigor y lucidez, pero sin dejar nunca de lado aquello que es el condimento esencial de todo ensayista de talento: una subjetividad encendida, que no se priva de la pulla ni del amor, ese sentimiento tantas veces inexplicable o arbitrario.

Memorable, por ejemplo, resulta el momento en que Glantz exhuma la venenosa lectura que Charlotte Brontë (Jane Eyre) hace de Jane Austen (Orgullo y prejuicio): "He leído Emma, una de las obras de la señorita Austen, leí el libro con interés y con el grado exacto de admiración que la propia señorita Austen habría considerado sensato y adecuado. No encuentro nada de solidez o entusiasmo, nada enérgico, conmovedor o sincero para recomendar estas obras. Austen se ocupa en delinear con curiosidad la superficie de las vidas de los ingleses gentiles. Hay una precisa fidelidad, una delicadeza en miniatura al trazar sus relatos. No se apasiona ni apasiona a su lector, no lo perturba porque no hay profundidad en sus textos. Las pasiones le son ajenas", dispara la mayor de las geniales hermanas acerca de su ilustre predecesora. El lector, entonces, sonríe admirado y un tanto estupefacto. antes de agradecer a la mexicana por la magnífica cita.

"Así me pasa: una página de ciertos libros es como la punta de la daga entrando, parsimoniosa, en el corazón", escribe Glantz, parafraseando a Stendhal, para describir su pasión por la lectura. Y es justamente esa palabra, pasión, la que mejor resume el espíritu que anima estas páginas. Glantz es consciente de que los tiempos que se viven son refractarios a ella: "...esta contaminada, fraudulenta y degradada época que nos ha tocado vivir", despotrica en cierto momento, antes de seguir confesando su inextinguible fervor por la literatura.

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