Cultura y Libros

Un espacio abierto al misterio

En III: Cuerdas encontramos poemas de María Lanese —psicóloga, cantante y también poeta— en versión bilingüe, traducidos al italiano —su lengua originaria, hasta los cuatro años de edad en que llegaría a Rosario desde su Ripalimosani natal— por Antonio Pinto.

Domingo 17 de Noviembre de 2019

En III: Cuerdas encontramos poemas de María Lanese —psicóloga, cantante y también poeta— en versión bilingüe, traducidos al italiano —su lengua originaria, hasta los cuatro años de edad en que llegaría a Rosario desde su Ripalimosani natal— por Antonio Pinto. La inquietud sobre lo que nos rodea y también sobre lo que precede, la confluencia de lo real y lo propio en la lengua —"fricción de arcaicas lenguas/ que emigran/ debaten"— van sosteniendo estos poemas, "conjeturas" y también preguntas: "¿De qué metáfora partida estamos hechos?".

Un atisbar de cuerdas, visibles o no tanto, para intentar dar cuenta de ese rasguido en poesía. "Silencio, sigilo, templanza/ pulcritud del cazador/ en el recinto/ donde otras mujeres/ lavaban con mi madre/ sus antiguas congojas".

El libro se divide en tres secciones, La máquina del viaje, La máquina del olvido y La máquina de citas —era William Carlos Williams quien definía al poema como "máquina pequeña (o grande) hecha de palabras"—. En esta última sección —que comienza con un poema de Hugo Diz— precisamente cada texto es precedido por una cita, una suerte de obertura que da entrada al trabajo propio de Lanese, o más bien, como señala Juan Bautista Ritvo en el prólogo, obrando como "tema musical, base de las variaciones". Discurriendo entre un destino que "sin opción/ será un naufragio/ en una extensa oscuridad/ de sombra unánime" y una luz "que se reconcilia/ hasta albergarse en alguna presencia/ que sin vacilación, se sacia".

No sin antes, obra editada al año siguiente por el mismo sello, trabaja de un modo más directo —entendiendo que lo "directo" para Lanese tiene la marca de la sutileza propia de la buena poesía— el origen y la migración.

Son también tres secciones las del libro, la primera de ellas sin título y con un único poema, precedida por Entrar y luego —justamente— Migrantes, donde la poeta trabaja también textos en clave de prosa poética.

Es esta una poesía de interrogantes, trascendental, un espacio abierto para el misterio. Así en el primer poema de Entrar, preguntas bellamente engarzadas dicen de una oscuridad que "presume/ de albergar los designios de la luz". Y más adelante, la ironía y lo paradojal se vuelven también recursos. Así "la humanidad está alcanzando los grados de ferocidad que requieren los finales, pero este final se está resultando interminable", o "la felicidad/ es una palabra/ difícil de pronunciar/ en las lenguas dominantes".

Y si bien hay una marca subjetiva como migrante, lo cierto es que asume también lo universal —quién más, quién menos— de esa condición. "Algo profundamente nuestro/ quedaba vivo y solo/ siempre en otra parte".

Bien dice entonces Alejandro Pidello en una suerte de epílogo que la autora "termina su mensaje de poesía, de ternura y de acompañamiento sobre el fervor y sobre la persistencia humana, en los tiempos que corrieron y correrán".

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