Cultura y Libros

Relatos que describen una sociedad que se hunde

En Denuncia inmediata, publicado recientemente por Anagrama, Jeffrey Eugenides prueba su sólido oficio como cuentista con una serie de textos crueles y desencantados.

Domingo 01 de Julio de 2018

La situación de la narrativa en los Estados Unidos suele funcionar bien como termómetro para medir los niveles de talento a los que puede aspirar un lector decente. Por fuera del abominable bestsellerato, y también de esos extraños cruces entre masividad y valor que puede encarnar ocasionalmente alguien como Stephen King, es en ese tan poderoso como terrible país donde las leyes del mercado que ahora rigen (también) la literatura permiten que asome la cabeza alguien distinto del promedio.

Así, no demasiado tiempo atrás muchos (o pocos, según se lo vea) pudieron darse el lujo de ver surgir a un cuentista excepcional como Raymond Carver, quien sin esfuerzo podía ponerse en la misma línea, digamos, que Poe o Chéjov. Charles Bukowski no está a su altura, pero resultó refrescante. Y el redescubierto John Fante, otro milagro, logró que muchos sintieran que aún quedaba esperanza.

No es ninguna casualidad que tanto Carver como Bukowski o Fante (y también el destacable Richard Ford) hayan sido publicados por Anagrama. La lúcida política editorial que Jorge Herralde llevó adelante en el sello español dio paso a que su catálogo se nutriera con lo mejor de la producción contemporánea en esa emblemática colección llamada Panorama de Narrativas. Recordemos que Roberto Bolaño está incluido en ella. (Curiosamente, los aciertos no son la tónica en el espinoso terreno de la literatura argentina).

El mes pasado, la colección de las tapas con ya icónico fondo amarillo apostó fuerte por una compilación de relatos del estadounidense de origen griego Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960): Denuncia inmediata. Eugenides, un tipo reacio al contacto con la prensa, no es por supuesto un desconocido: su novela Las vírgenes suicidas tuvo un excelente eco en la crítica y después fue llevada al cine por Sofia Coppola (en 1999, con James Woods y Kathleen Turner en los papeles principales). Sin embargo, en Argentina lo conocen, con suerte, los entendidos.

Los cuentos incluidos en este volumen son sólidos e inquietantes. Aunque lejos está Eugenides ―al contrario de Carver-―de patear las puertas de lo sublime, tiene abundante oficio: sabe qué contar y cómo contarlo. A partir del texto que inaugura el libro, Quejas, donde se narra la amistad entre dos mujeres que hace rato han dejado atrás la juventud, se abre un espacio donde las certezas suelen ser demolidas por una perturbadora realidad. Mejor agarrarse de los posabrazos del sillón o afirmar (en caso de que el lector, como quien suscribe esta reseña, ame la cama a la hora de la lectura) bien la almohada.

Así, mientras Correo aéreo relata el delirante periplo de un turista, la ceremonia de "inseminación" de una desengañada cuarentona es el eje del recordable Jeringa de cocina, que tiene un efectivo cierre. Ninguno de los textos incluidos reclama el olvido, aunque convenga destacar la crueldad certera de Buscad al malo, la sorprendente incursión en el ámbito de la sexología que constituye La vulva oracular, el clima de policial psicológico de Magno Experimento y el cierre del libro, con el impiadoso relato que lleva su mismo nombre.

Cinismo, escepticismo y materialismo vil marcan a fuego estos cuentos, que vale la pena conocer. ¿Dónde habrán quedado la esperanza oceánica del gran Thomas Wolfe o el candor hemingwayano de Adiós a las armas? Sin duda, demasiado lejos.

De acuerdo con la versión de Eugenides, Estados Unidos se hunde en sí mismo. Y no hay guardavidas.


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