Y es que en sus páginas el también poeta, letrista y novelista apela al registro de la intimidad y consigue conmover, tanto en el plano estético como en el puramente humano.
El que sigue es uno de los textos más intensos y bellos del libro.
El cuerpo glorioso
Nos habíamos mudado a la casa de la calle Moreno, frente al Parque Independencia, pero yo seguía yendo a las reuniones del barrio del Abasto, donde vivíamos antes. Aunque únicamente cuando podían los padres de algunos de mis amigos, en particular el de Gotabay, mi amigo músico, el más peronista, el más terco.
«¡Charlatanes!», los había desterrado mi abuelo mientras vivió, sin paciencia para ser juicioso. Yo, que era un pibe carente de corazón dócil, en aquella casa visceralmente gorila de la calle Montevideo, no podía sino ser peronista.
Mi abuelo usaba para corregir las pruebas de galera de sus libros un lápiz de carpintero, una mitad azul y la otra roja. Una vez se lo robé y escribí en el marco de una puerta: «¡Viva Perón, carajo!».
Volvía caminando desde la calle Mitre en el Abasto, hasta el Parque: no eran más de veinte cuadras, y otras po- cas hasta el estadio de Ñúbel. Con el corazón enardecido, durante esos atardeceres púrpura y saturados de comienzos del verano.
«Regresarán a mi recuerdo todos los tristes desam- parados de esta tierra», decía Antonio el Viejo −padre de Gotavay− que había dicho Evita. Desamparados estaban todos los que la querían; yo comenzaba a estarlo. Tendría unos quince años. Mi abuelo había muerto cuando yo cumplí los trece, en el ’66. O sea que era 1968.
Me había pasado la infancia escuchando que Perón lo había metido preso a mi abuelo, que mi viejo había tenido que esconderse por haber firmado una solicitada de apoyo al esclarecimiento de la desaparición de Ingalinella, que durante la Revolución Fusiladora él había estado yendo y viniendo a Córdoba desde la procesión de Corpus Christi, en junio: incendios, bombas en las unidades básicas, roturas de vidrios en los locales de la CGT y de la UES, adiestrado para la resistencia civil –junto a otros como él– por «jóvenes oficiales de la Aeronáutica».
Ni una sola palabra sobre el bombardeo aéreo y ametrallamiento con munición de 20 mm contra la población civil del 16 de junio, el «memorable» bautismo de fuego de la Aviación Naval Argentina, ni de los más de trescientos muertos y los setecientos heridos y mutilados. Menos todavía sobre la Declaración de los Derechos del Trabajador, proclamada el 24 de febrero de 1947.
De esas cosas hablaban las mujeres que trabajaban en la gran casa de mi abuelo, cuyas historias yo escuchaba narcóticamente enamorado a la hora de la siesta, echado sobre las alfombras que estaban al pie de las camas en sus cuartos de servicio. «¡Ah, si vivieran Perón y Evita…!».
Por otra parte, en los cenáculos crepusculares de lo de Antonio el Viejo informaban «los mayores», decidían los «que tenían historia», y nosotros hacíamos «diligencias».
«Mayor», era el padre de Gotabay; «historia» tenía Juan Carlos, que venía «haciendo cosas» desde el ’55. Los que se ocupaban de las «diligencias» éramos mis amigos y yo.
El peronismo, Perón mismo, empezó ofreciéndole a mi abuelo una silla en la Corte Suprema, cosa que el jurista rechazó con altanería, exigiendo saber de antemano con quiénes debería compartir el honor.
Luego, ocurrió el episodio del diputado justicialista Ángel Miel Asquía, quien tuvo el arrebato de querer culminar su carrera de abogado, precisamente con la materia que dictaba el viejo. Lo reprobó, en un examen público a sala llena, que aplaudió la nota «insuficiente», cosa extravagante en los anales de la solidaridad entre estudiantes.
Pero mi abuelo era «testardo», según la definición de mi abuela materna, empecinado, y siguió dándole al peronismo como loco a la manija. Entonces lo jubilaron anticipadamente, canonjía que el profesor tomó como su expulsión de la cátedra en la Universidad de Buenos Aires, lo que no hizo otra cosa que redoblar su ardorosa exuberancia. Jeringueó, hasta que se ganó pasar algunos días tras las rejas. Nada comparable con lo que le sucedería al general Valle en los basurales de José León Suárez.
Intoxicado de antiperonismo, la casa de Antonio el Viejo y Gotabay era para mí el lugar en donde tenía la certeza reconfortante de que vivía momentos en los que nada podía haber más importante que esos momentos.
Ahí oí hablar por primera vez del japonés Toru Kome- su, de quien se decía que tenía escondido el cuerpo de Eva y que había embalsamado el cadáver junto con un gallego. La mención iba acompañada de palabras como formalina, carbonatos, bermellón, bórax. Recortadas y agrias, así suenan hasta hoy.
Ahora pienso en lo que separa la elección de una pa- labra, en lo que divide el amor de la aversión: así como «bermellón» exudaba muerte, «rojo» destila vigor; «negro» rezuma adoración, «carbonatos» segregaba «martirio». Rojo y negro, la divisa, mis colores.
El japonés vivía de camino a la nueva vivienda familiar, por Viamonte. En una casa baja con un amplio jardín en el frente y rejas a la calle, racionalista, con retiros a los costados y sobrios remates en las esquinas. Una casa «caquera», decíamos por entonces: cuantiosa y cuidada.
En mi imaginación impetuosa fue todo uno pensar en que Eva estaba adentro y que sólo lo sabíamos un puñado… ¿cómo no imaginar una incursión restauradora? Atendiendo a que los mayores no «informaban» nada, comencé a idear un plan cifrado.
«Regresaba a su recuerdo…».
Ya lo sometería a juicio de los demás y de los «que tenían historia». Eso iba a ser fácil: el padre de Gotabay era de Ñuls, lo mismo que Juan Carlos, que «venía haciendo cosas y tenía historia»; había confianza entonces, fraternidad y reserva. Pasé por alto que me estaban destinadas «las diligencias»; no cambiar la historia.
La «persecución» que obligó a mi viejo a confinarse, por el llamado «caso Ingalinella», más tarde tomó para mí una renovada significación con el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas. En los ’90, Alfredo Yabrán había dicho que «sacarle una foto era como pegarle un tiro en la frente». Cabezas andaba tras esa instantánea.
El custodio de Yabrán, Gregorio Ríos, fue desborda- do por la figura retórica de su jefe y, junto con la Banda de los Horneros, se creyeron enviados a balear al fotógrafo en la cabeza y a prenderle fuego, dentro del auto que usaba para trabajar.
El 17 de junio de 1955, el médico rosarino y militante del Partido Comunista Juan Ingalinella, un tipo de 43 años, muy querido, fue detenido ilegalmente por la policía provincial en su casa del barrio Tablada, después de haberse pegado una ducha.
El día anterior había sido la matanza de Plaza de Mayo, y el Partido Comunista mimeografió un volante que se titulaba «Unidad popular contra el golpe oligárquico imperialista».
Una toma de posición de apoyo al gobierno constitucional de Perón y en contra del complot militar.
No habiendo captado el mensaje, el jefe de policía de Rosario, Emilio Venancio Gazcón, ordenó una cacería, porque el pronunciamiento, para él, constituía «un desacato contra el Presidente de la Nación». Lo que se dice un exégeta. Se empecinó con encontrar el mimeógrafo con el que habían reproducido los panfletos.
Entre la tarde y la noche del 17 de junio, unos sesenta dirigentes y militantes comunistas fueron arrumbados en la guardia de la División Investigaciones. Policías de civil, sin identificación ni órdenes de allanamiento, se llevaron al médico al anochecer, quien había estado repartiendo impresos por la zona del Frigorífico Swift.
Ingalinella no soportó el paso de la picana eléctrica por el cuerpo. La policía fraguó su firma en el libro de salidas de detenidos, con fecha 18 de junio. Su cuerpo ja- más apareció, pero la sociedad no le creyó ni una palabra a los uniformados.
El 13 de julio de 1955, los abogados de Rosario hicie- ron un paro en protesta por la desaparición de Ingalinella, y firmaron una declaración exigiendo que se aclarara cuál era su paradero. Uno de esos abogados era mi padre. El 2 de agosto, la Confederación Médica Argentina dispuso un cese nacional de actividades de veinticuatro horas. El 9 de septiembre se procesó a unos policías acusados de cometer el crimen. El 16 de septiembre fue el golpe de Estado.
Al parecer, mi padre se había sentido hostigado luego del 13 de julio, y tuvo que buscar un asilo momentáneo, antes de volver a Córdoba a seguir conspirando. De uno u otro modo, todos queremos y quisimos a esta patria, como se ama a una mujer voluptuosa y desquiciada. Pancho Muñoz lo describió con un haikú:
Enfermedad no mide belleza.
Loca es la belleza.
Cuando me enteré de que era posible que el cuerpo de Eva estuviera a la vuelta de mi casa, proyecté el orden de asalto (del comando unipersonal). El primer paso del plan sería reconocer el terreno, lo que podía tener algunas variantes. Por ejemplo, tocar el timbre y preguntar por Komesu.
Antes me fijé en los muros del vecindario, en las rejas. El jardín tenía ejemplares de arce, mirto, un níspero. Y azaleas, muchas camelias. Resolví que el taxidermista era quien se ocupaba del mundo vegetal.
Triste y desamparado, condiciones del sopor adolescente, toqué el timbre un anochecer. Atendió el propio Komesu, o alguien parecido a quien me había imaginado que sería. Bajo, de mandíbulas decididas y pelo negrísimo. Desde la vereda, le pregunté a los gritos por las plantas.
Agachó la cabeza −como para embestir− y vino a abrirme. Con mucha ceremonia me invitó a pasar. Eso no figuraba en el plan.
El interior era opaco y fresco y el japonés me señaló una especie de recibidor pequeño y me ofreció té. «Viene de Tokio, de mis mayores». Le agradecí y decliné, mientras pensaba atropelladamente en mi situación.
Empecé por preguntarle por los «no me olvides», que también llamábamos myosotis y que, aunque no había visto ninguno en el patio, le gustaban a Eva. Estúpidamente, añadí si era hincha de algún equipo de fútbol. En realidad, le pregunté si seguía a Ñúbel.
Muchas veces dudé sobre por qué había elegido el camino de los «no me olvides» en lugar de hablar del té de Tokio. Mi abuela paterna era una devota, al menos de contar lo que juzgaba una maravilla.
Por empezar, la puesta en acto del concepto de ichi-go ichi-e, que significa que un encuentro es una oportunidad. Me hacía reír la expresión japonesa, fonéticamente tan parecida al aliento de una hinchada: «¡Ichi-go ichi-e; Ichi-go ichi-e!».
Y luego, estaba el elogio de la perfección: la temperatura del agua, la cantidad exacta de matcha, el indispensable té verde molido, y las tazas de cerámica estilo raku, que había que preparar y ordenar ceremonialmente y en silencio.
Aunque, en realidad, sé por qué elegí las flores: fue por amor. Por amor a Eva.
Komesu habló y tenía un tic. Era extraño: a veces, se desviaba del hilo de la conversación, subía la mandíbula como un Mussolini de ojos rasgados y decía una serie de palabras en japonés (lo del idioma lo confirmé después). «¡Ha, hana, kata!», mientras sacudía el pelo, «¡Chichi, haha, ani!». Una especie de síndrome de Tourette.
Como me gustaba la música, al igual que a Gotabay, el hijo de Antonio el Viejo, les puse melodía en la memoria y es por eso que a algunas las recuerdo aún hoy. Nunca repetía las fulgurantes y fugaces arremetidas, y yo olvidé varias. Demasiadas.
De taxonomía en fotosíntesis, pasaba el tiempo sin que me diera cuenta. Hablaba un castellano sin sombra de acento; me preguntó si conocía los conceptos polifiléticos y los monofiléticos. («¡Tori, otaro, hae!», la quijada enhiesta).
Yo estaba más impaciente que ávido de conocimientos vegetales. Y a él el fútbol parecía importarle un comino.
Tal vez por eso, por lo dudoso pero apremiante de la esperanza, o por la ignorancia sobre mis facultades, la cuestión es que le pregunté por el cadáver de Eva. Así, de sopetón, tocado por la vara de la temeridad.
Turu Komesu se puso de pie, marcial, serio y –de algún modo– lunar, y me hizo el gesto de ir detrás de él. Nos internamos en la casa, que hoy me parece recta e interminable. De una sala amplia y de techos altos, pasamos a otra más estrecha y baja, todas pulcras y esmeradas, y a una tercera, un cubículo, completamente a oscuras. Encendió la luz.
En la ecléctica biblioteca de mi madre, yo había leído algo acerca del suicidio ritual japonés, el seppuku. Era preciso lavar y acondicionar al protagonista con ropas elegantes, claras y sobrias. Antes de empezar, era de práctica componer un poema waka y beber una copa de sake.
El papel del asistente, una persona de confianza, consistía en cortarle la cabeza al practicante inmediatamente después de que este se realizase la incisión correcta, reduciendo el sufrimiento. Se trataba de morir, tema sobrenatural, no de padecer, cuestión carnal.
El corte era un movimiento horizontal y otro vertical, atravesando el abdomen unos centímetros de izquierda a derecha, y posteriormente se hacía otra incisión vertical si se podía. Ahí está el centro del cuerpo, y es la parte que contiene el alma del hombre, la ambición, la ira, las emociones. Como por lo común la primera herida no resultaba letal, aparecía la necesidad de asistir.
El asistente debía estar atento a la gravedad del corte, para encontrar el momento más oportuno de su participación. Cuando llegaba el momento de cortar la cabeza, no se debía arrancar totalmente del tronco, sino que se tenía que dejar suficientemente unida por algunos pocos tejidos, como para que se sostuviera sobre los hombros y no rodara insultando a los presentes, lo que resultaba poco delicado. Y ofensivo, digámoslo. La del asistente era una variante sanguinolenta de nuestras «diligencias».
En esas cosas pensaba cuando Komesu accionó el interruptor de la electricidad de la tercera cámara. Ante mí, el espacio se expandió y se enfrió, tomó un color ámbar y limón, algo empezó a agitarse en el fondo y, delante, sobre una losa de mármol suspendida, estaba ella. Esa mujer.
Cobriza y dormida. Delgada como una lanceta de obsidiana. Hice el ademán de acercarme murmurando «permiso»; pero Komesu me aferró el brazo, y repitió «permiso».
Luego, tableteó; «¡Kusa, kuki, ki!», y la quijada confirmó.
Me quedé en el lugar y tan lentamente como se agitaba la pared del fondo, me fui dando cuenta de que se trataba de un diorama, de un montaje. Una escenografía, perfecta, como las azaleas, las camelias, el níspero, la ceremonia del té, el seppuku.
Eva en éxtasis ascensional, el cuerpo glorioso suspen- dido y estable, abstracta y al mismo tiempo tan cercana, sostenida por el silencio y el magnetismo de su intensidad única…
No sé durante cuánto tiempo estuvimos ahí, y así. Ni tampoco de qué modo llegué a la puerta ni a la reja, que me devolvió a la calle.
Desanduve lo que faltaba hasta la casa de la calle Mo- reno, a pocas cuadras de la cancha de Ñuls. Rumiando, tratando de entender. Los pobres apóstoles: los «mayores», los «que tenían historia», los que hacíamos «diligencias».
«Regresarán a mi recuerdo todos los tristes desamparados». Eva no hacía distinciones acerca de origen ni distancias ni apariencias. Excepto para los oligarcas y los gorilas.
Resolví que dedicarse a la escenografía, a los jardines y tener tics no significaba no ser un desamparado más. La Capitana no podía haber dejado afuera a los hijos del Sol Naciente. Eva en Rosario, a salvo.
¿Quién era yo, con mis vacilantes quince años, para negarles la libertad de creencia a los «mayores», a los «que tenían historia» y hasta a los que hacíamos «diligencias»? Aunque no pudiera disfrutarla. Ahí quedó todo.
Hasta ahora, no dije nada a nadie, nunca. Me daba vergüenza y, a fin de cuentas, siempre es mejor ser incauto que desconfiado. Algunos deben recordar de qué se trataba. A fin de cuentas, se trataba de lo que se trata.
Hasta ahora.