Cultura y Libros

Pasaporte a Chéjov

El señor de las doce del mediodía en el bar Pasaporte acaba de fumar sus diez Philip Morris, bebió su cortado chico y saludó a Lucrecia ―la moza―, con un aire de ensoñación como imagino que tendría Chéjov en sus últimos días en el spa de Baden Weiler.

Domingo 01 de Julio de 2018

El señor de las doce del mediodía en el bar Pasaporte acaba de fumar sus diez Philip Morris, bebió su cortado chico y saludó a Lucrecia ―la moza―, con un aire de ensoñación como imagino que tendría Chéjov en sus últimos días en el spa de Baden Weiler. El señor de las doce en Pasaporte parece tener el ritmo de Chéjov, que nunca se iba rápido del teatro. Y de ningún lado, porque le gustaba seguir viendo el drama después de la fuga, el tránsito del grito al murmullo, como nos sucede a casi todos en esa veredita rosarina: el borramiento de lo real
cediendo al sueño y a la fábula.

A mi lado hay tres amigas jóvenes que empezaron a festejar el fin de semana largo con muchos hidratos de carbono y gaseosas light. Las chicas me piden permiso para acercarse más a la resolana que me rodea. Me refiero a mi mesa. Claro, les digo y agradecen. En la mesa de la izquierda aparece el típico señor gritón que no entiende la diferencia entre el teléfono celular y el megáfono. Nos hace saber que el dólar ya se dispara por encima de los veintiséis pesos y él no pudo comprar bastante, y entonces recuerda sin afecto alguno a la madre del presidente.

Yo escribo, pienso, leo y anoto claves entre el libro de Plácido Grela (La gesta del grito de Alcorta) y Alcorta maldito, de Carlos Cerqueira. Acompañé una vez al autor en la presentación del libro, en Alcorta, el pueblo mítico de la fundación anarquista argentina. Francisco Netri es un prócer que los argentinos han olvidado o no han llegado a conocer como se debe. Apuesto que pocos saben que lo mataron justo frente a mi bar, Faulkner, y si un día se ponen a inflar las gomas del auto en la YPF de Mitre y Urquiza verán, en medio del tizne y unos avisos, la placa de mármol que lo recuerda.

Entonces levanto la vista y en la vereda de Pasaporte hay un brillo de sol que reverbera en los adoquines igual que le sucede al Capitán Riabovich en El beso, cuando tiene su deja vú de la señorita de lila, el mismo color de las flores del jacarandá que tapizan la calle Urquiza. El momento es una epifanía que nos bendice a todos: a las tres amigas, que podrían ser Las tres hermanas de Chéjov. Al Chéjov de las doce del mediodía, que ya no tiene qué fumar pero a algo le sigue sonriendo. A la memoria de Netri, ilustre en mitad de la gomería de la estación de servicio, y al niño Cerqueira que vendió su moto para publicar el libro, entrañable y rabioso como Arlt, el Arlt de la utopía argentina en este tiempo distópico. Y a mí, que en estos instantes, siempre en esta hora del mediodía, en este lugar, se me expanden el corazón y la inteligencia en medio de la gente, el café y los jacarandás mientras recuerdo que Chéjov nunca se iba rápido de ningún sitio.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});