Cultura y Libros

La memoria de Dios

La memoria de Dios debe ser acordarse de todo, dijo mamá cuando salíamos del cementerio La Piedad.

Sábado 29 de Septiembre de 2018

La memoria de Dios debe ser acordarse de todo, dijo mamá cuando salíamos del cementerio La Piedad. Hizo una pausa y dijo: acordarse de todo sin esfuerzo, te viene todo a la cabeza y una cosa enlaza con otra y en un continuo, como algo simultáneo y sucesivo, vertical y horizontal… todo junto. A mí me pasa eso. Y te viene con las sensaciones, yo huelo cosas, toco, hasta hago un chasquido con la lengua y me viene un sabor. Imagino, cierro los ojos, veo todo. Vuelvo a ver, a oír…

Habíamos caminado por la calle central del cementerio porque era primavera, como si fuera un paseo rural por una arboleda de paraísos de su Las Rosas natal, o Los Cardos o San Genaro. Como si fuera un paseo por la memoria de Dios o por su soledad, pensé yo, porque la soledad de Dios hace imposible su muerte y al mismo tiempo expande su memoria. Porque la muerte solo es posible cuando alguien la ve. Nosotros morimos porque los otros lo saben, lo ven, lo dicen. Morir es dialógico, nos morimos para la mirada de los demás y a Dios le falta eso. Su soledad hace imposible su muerte. Por eso también tiene esa memoria infinita, esos macro megabytes de Ram o de mother. Justamente, una memoria mother, porque lo más parecido a la memoria de Dios es la memoria de una madre: acordarse de todo, dijo ella y empezó a enumerar tíos, padres, abuelos, vecinos, novias, amantes que estaban enterrados acá o allá. O no sabía bien, pero ella igual los recordaba. 

Después empezó a buscar coincidencias y llegó a recordar a amigos de amigos, y conocidos de conocidos, todos los que estaban muertos y que de algún modo integraban la vida de los vivos, el mundo, la humanidad, y en su memoria no estaban muertos, por eso ella los oía y les hablaba. Porque el pasado no solo no ha muerto sino que ni siquiera ha pasado. A todos nos siguen, implacables, algunos muertos.

Sólo había que recordar la sepultura, dijo, e ir a verlos, hablarles, decirles un piropo o una plegaria, un cariño, acariciar la losa o ponerles una flor verdadera o una plástica, pero de esas imitaciones tan buenas que lo hacen a uno vacilar acerca de lo fantástico o lo real del pétalo.

Pensé en el capítulo seis del Ulises de Joyce, en la muerte de Dignam y Bloom atravesando el cementerio de Dublín recordando a cada uno que figura en una lápida, aun a los desconocidos, porque la memoria de Dios (como la de Joyce), puede recordar lo concreto pero también lo abstracto, los cuerpos y las conciencias, y si no tuvo trato carnal o directo, puede rastrear lo que deseaba el nombre escrito, puede ver en su historia mínima qué quiso esa persona, quién era y qué acabó matándolo o haciéndolo dichoso. Basta saber lo que hizo un día, uno solo, veinticuatro horas, para saber todo: 16 de junio de 1904.

Una novela sobre la memoria de Dios, que además de no morirse, no puede olvidar y no goza del alivio de no recordar, y parece durar en una lenta pero eterna obsesión. Y no me refiero a esas analogías de un capítulo de Black Mirror en que te colocan un dispositivo que te pone los recuerdos en imágenes. Eso ya está, eso ya existe, son las redes sociales, el cine, las fotos, un libro, el rencor, una media medalla de oro y un poema cursi. Pero no, no hablo de eso. 

Yo hablo de la memoria de Dios, que comprende el todo de todas las cosas y en todas las dimensiones, espacio, tiempo, conciencia, subjetividad, historia, ideología, cuerpo, sexo, arte y todo multiplicado en imágenes, verticalidad y rizoma. Y en forma simultánea y sucesiva, en un instante y en un punto. La teoría de cuerdas, el Aleph, Funes el memorioso, pero también Help a él. Es decir, una memoria sentimental y física y al mismo tiempo el motor (Dios) que la produce. La realidad y la ficción. Dios y nosotros.

A todos nos pasa alguna vez y se tolera. Es atroz cuando sucede todo el tiempo. Yo puedo acordarme de la temperatura de sus labios esa tarde de octubre de 1979 en la plaza Bélgica. Y de la textura de su piel húmeda de 16 años, del sabor de la saliva, del chasquido de la lengua, del día que volvimos de la derrota de la vuelta sin nada y cuando estalló la bomba de alquitrán en el frente de casa, y del silbido del Pocho en la orilla del río llamando al cadáver de Gustavo y de mi viejo diciéndole al médico que no dijera boludeces cuando le habló de viajes y meses por delante y de la rugosidad de la caja de cartón en que me la dieron y de los minutos que esperamos para entrar a la morgue de Concordia porque la entrada era una peluquería y el sargento Cardozo cortaba el pelo y cobraba dos pesos y había que esperar que terminara un corte para poder entrar con los médicos a reconocer a los familiares, y cuando ella me dijo en este living, ahora cuando me duermo y hace diez años, cuidate, vos cuidate, y fueron tantos viajes al campo a su casa que ahora cuando los junto sigo viajando y podría cruzar el mar para volver a verla y no la vería aunque siempre la estoy viendo como el día que Angelito estaba en la proa del Eugenio C saludando a Nápoles o a Buenos Aires, y su tono de voz cuando entró a los gritos por el portón de calle Dorrego y dijo que se había ganado la grande, la lotería. Cuando llegábamos al BIM 3 de La Plata y nos tiraron tiros al aire porque llegábamos tarde y los milicos no te ponían falta, te mataban… y el Fiat 1500 que estaba en el último subsuelo de la Vigil, cerca del ojo de agua y la pistola de Feced encima del escritorio diciéndoles, es la última vez, la última, hijos de puta, no se les ocurra hacer más nada por la gente porque la próxima no van a tener ni los cuerpos para enterrarlos… y el día que mis tíos robaron lechuga y a Armando le garronearon los talones los perros en Los Cardos y eso es la miseria, ser un niño y tener que robar lechuga con tu padre joven muerto de tétanos. Y la abuela sola, en la pampa, más sola que Borges, porque nosotros éramos pobres y esa parte le faltó a Dahlmann o como dice este presidente tilingo que tenemos ahora, "esa te la debo", porque es un hombre que solo tiene memoria de partidos de fútbol y mamá trajo el Toddy en la Pelopincho y yo corría descalzo por el césped de una quinta de Delia Garcés en Coronel Domínguez y casi nos ahogamos en el río Cosquín a cocoyo del tío Tito, justo los días en que Gabriel tuvo el falso crup y viajábamos en el Morris 56 de papá y nos bajábamos todos en las subidas, porque éramos siete y el motor no daba, y sólo el Oski se quedaba al volante y cuando llegaba a la cima de la loma del camino, volvíamos a subirnos y así, de tanto recordar y ver, y volver a vivir, llegábamos hasta Córdoba, lo que nunca va a poder hacer Dios, porque la soledad hace imposible su muerte pero también el amor.

Y aunque Dios sea hospitalario y aunque debe dolerle mucho el corazón debería achicar esa memoria que es como una especie de galpón metalúrgico del tamaño del hambre o del tamaño de la carpa del circo del Mascaró de Conti, o los cien años de soledad, y entonces mamá vuelve a decir que un día pasaron por San Genaro los guitarristas de Gardel y ella era una niña y escuchó que mi tío Negro los había ido a escuchar y entonces él le enseñó el vals de Rosita Quiroga, "Desde el alma", pero el abuelo José no se lo dejó cantar en el acto de fin de curso de tercer grado (que fue todo lo que ella fue a la escuela), y ella lloró de rabia y me lo contaba como si hubiera sido ayer en su cama de agonizante y yo la estoy escuchando cantarlo ahora mientras vuelvo solo del cementerio, ahora que hace cinco años que está muerta y creo que la memoria de Dios también es eso, que te acuerdes, que la veas, la escuches, y te duela mucho el corazón.

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