Por los estantes

La fulgurante inquietud de lo familiar

En "La vida breve de Sabanita", su primera novela, Luisina Bourband crea un clima inquietante y pone sobre la mesa preguntas que hacen arder el silencio

Domingo 07 de Febrero de 2021

La vida breve de Sabanita (Homo Sapiens, 2020) de Luisina Bourband, parte de una pregunta foucaltiana: ¿cómo fue posible lo que es? A partir de allí, la autora construye una novela familiar de clima inquietante, clima que va tomando densidad a medida que la trama avanza.

Bourband es escritora, psicoanalista y profesora universitaria. Ha publicado el libro de relatos Maternidad intratable (Le Pecore Neré, 2017) y participado de Antología de la calle inclinada (Los libros de la calle inclinada, 2017) y Escribiendo por la memoria (Foro en defensa de DDHH Colegio de Psicólogos, 2017).

En La vida breve de Sabanita presenciamos una narradora interpelada por la pregunta respecto de lo familiar. Ayudada de diversas voces y materiales, nuestra protagonista intentará reconstruir su propia historia sobre las bases de lo que Roland Barthes postulara al momento de desbaratar temas muy densos: el uso de lo ordinario como material narrativo, el diálogo como recurso refrescante, el retaceo de adjetivación. Si bien el título, en claro homenaje a Juan Carlos Onetti, enlaza directamente con un personaje que la historia irá develando de a poco, también invita a preguntarnos qué “vida breve” surgirá al desandar estos recuerdos.

Los familiares de la narradora, materia viva para la indagación, aceptan de buena gana el rol de entrevistados. Se prestan, casi sin miedos, a esta reconstrucción genealógica profunda. Pero –como sabemos– no todo lo que quiera decirse se convertirá efectivamente en un enunciado. Y es a partir de las posibilidades e imposibilidades enunciativas de esta familia donde el archivo establecerá sus leyes. En La vida breve… se revela entonces un archivo que irá más allá del obsesivo acopio testimonial paterno, más allá de los silencios y las severas miradas maternas, más allá incluso del deseo de la protagonista por encontrar respuestas ante sus propias preguntas.

Se conforma así una arqueología de la búsqueda donde la narradora destejerá hilos que revelarán oscuras reminiscencias de la última dictadura argentina, su paso breve pero contundente por una escuela confesional de Entre Ríos, el recuerdo y el misterio de Sabanita, el hallazgo de un libro de historia al que le falta una página… porque ¿qué es un archivo sino también sus huecos, sus faltas, aunque deliberadas?

La novela combina instantes ensayísticos, reflexiones sobre la escritura, fragmentos oníricos a partir de una voz que pregunta, reflexiona, inquiere. En un extracto sobre su padre, la protagonista relata: “Tengo a favor su entusiasmo por contar, sostenido en que alguien quiere escuchar. Es su oportunidad para desplegar su «archivo» que ha esperado esta ocasión toda su vida, impecable, etiquetado, ordenado a la máxima potencia. Pero es probable que hablar lo lleve a algún lugar inesperado, a eso de lo cual se defendió toda su vida, eso contra lo cual edificó sin parar. Dudo de seguir. Esto podría matarlo”.

Es entonces cuando, posiblemente, nazcan nuevas preguntas. ¿Qué hay detrás de esa pretensión aséptica por darle uniformidad y etiquetar cada recuerdo? ¿Se puede disciplinar lo vivido, ordenarlo, pretenderlo en categorías fijas e inmutables? ¿De qué manera reconstruir nuestra historia sin tocar, al menos sutilmente, las hebras más profundas que conforman nuestra identidad?

Porque así como el padre de la protagonista necesita organizar y clasificar hasta la exasperación el pasado familiar, la hija –en un gesto que podría leerse como antitético– hace arder estos recuerdos a través de las palabras, de los tonos que cargan esas palabras, de los silencios (“Las palabras dicen lo que dicen, y además, más, y otra cosa”). De esta combustión vital surge esta gran novela en la que resuenan ecos de maravillosos libros como La casa de los conejos, de Laura Alcoba, o Una misma noche, de Leopoldo Brizuela.

En una escena de infancia sobre su breve paso por el colegio católico, la narradora relata: “Mi hermana conserva amigas de esa época. En cambio, yo recuerdo los sótanos de la catedral, parecidos a un cadalso. La mirada maligna de las monjas, apercibiéndome porque no llevaba medias un día de calor. El velorio de monseñor Tortolo, un cadáver fulgurante en el altar de la catedral”.

Y es esa fulguración venida de las cosas menos esperadas la que hará que esta narradora se mueva en las raíces de lo familiar para desentrañarlo, para mirarlo de cerca como se mira un objeto fascinante. Algo que a fuerza de ser observado se vuelve imposible de identificar.

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