Cultura y Libros

Juanci en el cielo charrúa

Juan Rubén González, el más famoso y querido hincha de Central Córdoba en la actualidad.

Domingo 29 de Septiembre de 2019

Desde que leí el WhatsApp de Fabio Chan diciéndome que esa tarde del 30 de agosto había muerto Juanci (Juan Rubén González), el más famoso y querido hincha de Central Córdoba en la actualidad, lo único que veo es un flashback del penal. El penal más famoso de la historia de los potreros de Tablada. En la canchita de Gendarmería (Laprida y Rueda), enfrente del Gabino Sosa, quizá en 1970 o 71. El partido iba 0 a 0, ya en el minuto 90 nos dan un penal; nosotros éramos visitantes y como siempre, éramos los pobres, los cirujas de Villa Manuelita, ni camiseta teníamos, hacíamos los arcos con palos de escoba, algunos habíamos “olvidado” devolver unas camisetas de la capilla del Hogar de Ancianos, entonces había 3 o 4 que las usábamos y parecíamos del mismo equipo.

Éramos una Armada Brancaleone infantil que recorría todos los potreros desde calle Uriburu hasta 27 de Febrero y ahora nos habíamos ganado el derecho de jugar una especie de clásico contra unos chicos educados y formales de la iglesia San Antonio, que comulgaban todos los días y tenían director técnico y utilero. Buena gente, dos hermanos catequistas de la calle Laprida, pero para nosotros algunas veces jugaba el Topo Yiyo. Recuerdo que una vez el Topo había vuelto de “laburar” y envolvió en la mudita de ropa de atrás del arco un Bagual 22, un juguete rabioso niquelado con las cachas de baquelita percudidas. ¡Imaginate nuestro equipo! Gustavo Chan (heredero de la estirpe del padre, el Pocho, mediocampista del equipo glorioso que jugó en Primera 1957-1959, el equipo de Dante Álvarez, Rivoiro, Indalecio López), el Gabi, el Mono Tolosa, los hermanos Caparra, Daniel Mora y Juanci. Juanci capitán, especie de mandamás porque era el más grande de edad y de cuerpo. Entonces tenía el aspecto del Gringo Scotta y jugaba igual, el tipo de nueve atropellado, algo como fue también el Patoruzú Sullivan (delantero del otro glorioso equipo charrúa, el del Trinche, a comienzos de los 70). Pero Juanci era más del tipo buey, una fuerza ciega que igual te rompía el arco o la tiraba como Higuaín al otro lado de la cordillera. ¡Cómo no recordar años después las burlas del Mono Pantaleón o el Narigón Tío cuando Juanci tiraba los centros a la luna!

Me acuerdo que era un invierno como el que acaba de pasar, sin brotes verdes y tan largo como si el año tuviera tres semestres. En esa época hacía frío de veras, los campitos donde jugábamos soñando llegar a las inferiores de Central Córdoba se escarchaban. ¿Por qué jugábamos a las ocho de la mañana en invierno...?

El que mejor pateaba de nosotros (y eso será para siempre) era Gustavo Chan, nuestro Riquelme, que llegó a jugar en inferiores de River y una de sus grandes hazañas fue cagarlo a trompadas a Ramón Díaz en una práctica. Sin embargo, aquel domingo, la mayoría de nosotros tendría ocho o nueve años y el arco era profesional, medía siete metros y estaba más lejos que Macri de la gente. La distancia del punto del penal parecía estirarse y la pelota de cuero, con dos horas de rocío y polvo, pesaba veinte kilos. Creo que todos pensamos lo mismo: que el único que podía llegar al arco era Juanci, nuestro Gringo Scotta, nuestro Patoruzú Sullivan, el bombardero de la calle Ayacucho. Pero además Juanci siempre fue un toro y era el más optimista de los adoquines. Él se dio cuenta de que tenía que hacerse cargo, se puso la pelota bajo el brazo y todos asentimos. Quizá también estuviera Bernardo esa mañana, el tío de Juanci, el lechero de Tablada, que era el único que iba a vernos y oficiaba de técnico animista. Quizá se le ocurrió a Bernardo o quizá esos cuatro o cinco años más que tuviera Juanci le daban el privilegio.

Puso la pelota donde se contaron los once pasos grandes del técnico de ellos, que también arbitraba el partido. El arco era de tablas cuadradas, no de palos redondos como ahora, profesional, pero de tablas cuadradas. Juanci tomó carrera como si hubiera sido el Apolo XI dos años antes, parecía venir corriendo desde la bajada Ayolas o escapando de algún reto de la abuela Rossina. El chutazo fue brutal, pegó en el palo derecho del arquero, a media altura, y rebotó tanto y fue tan lejos, que años después yo todavía pensaba que los versos de Dylan Thomas (“la pelota que arrojé cuando jugaba en el parque/ aún no ha tocado el suelo”) habían sido escritos aquel domingo, por ese penal.

No te puedo decir, Juanci, la tristeza que me acompaña desde aquel día del penal errado. Y lo peor de todo, es que la próxima vez que comamos el arroz con pollo en el club Defensores del Charrúa, no podremos reprochártelo o embromarte... ¡Que erraras el penal, vaya y pase, pero cómo ibas a morirte…! Eso no se hace…

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