Poesía

Gran traducción de un libro clave del siglo veinte

La publicación en la Argentina de Paterson, del notable William Carlos Williams, merece ser considerada un acontecimiento literario y editorial

Domingo 22 de Noviembre de 2020

Una de los acontecimientos editoriales de este año ha sido, sin dudas, la publicación por Ediciones en danza del monumental poemario Paterson, del norteamericano William Carlos Williams, en la esmerada traducción de la poeta Silvia Camerotto; primera edición completa en nuestro país. Encontramos, por ejemplo, algunos poemas en el número 3/4 de la revista 18 whiskys del año 1993, traducidos en aquella ocasión por Sergio Raimondi, pero el libro nunca había aparecido de forma total.

Se trata de una obra épica, gigante, al igual que su personaje central, nada menos que una ciudad. Hay una cita en el libro tercero de George Santayana (filósofo que influyera en la poética de Wallace Stevens, contemporáneo de Williams) que resulta orientadora, donde dice que “las ciudades son un segundo cuerpo para la mente humana, un segundo organismo, más racional, permanente y decorativo que el organismo animal de carne y hueso…”

Dividido en cinco libros más fragmentos de un sexto inacabado -siendo el primero el más elogiado por la crítica de su momento-, el libro intenta trocar en poesía la vida y la historia de una ciudad, la complejidad de una parte del universo, a la vez que reflejar el habla norteamericana –no específicamente procurando una poesía conversacional–, incluyendo también partes en prosa y utilizando muchas veces el verso escalonado característico del poeta. Trabajo que le insumió a su autor casi veinte años. Respecto al aspecto formal pretendido en la versificación, viene a cuenta la mención que hace Stanley Koehler en una entrevista a Williams, de “una misteriosa medida, capaz de brindar suficiente flexibilidad a todas las sutilezas del idioma”, así como t una cita del poeta John Addington Symonds de Estudios sobre poetas griegos, incluida al final del primer libro, donde precisamente habla de los versos yámbicos débiles o de pie quebrado que habrían intentado “acercar la métrica más aún a la prosa y al habla común”.

Cada uno de los cinco libros posee tres partes y un título a su vez –salvo el quinto, dedicado a Toulouse Lautrec–. “Los delineamientos de los gigantes”, “Domingo en el Parque”, “La biblioteca” y “La corrida al mar”, respectivamente.

Casi al comienzo del prefacio el poeta dice, como trazando el arduo camino a emprender: “Comenzar/ por los detalles/ y hacerlos generales, acercarse/ al total por medios deficientes...”.

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Así vemos cómo se entremezclan diversos tonos y discursos en una suerte de montaje, donde aparecen crónicas, anécdotas, cartas, reflexiones económicas y políticas, entrevistas, escritura ensayística, cavilaciones sobre la propia poesía –habla la traductora de “una teoría de la poesía en el poema mismo” –, todo ello fuertemente empapado del paisaje, la historia y la geografía de la localidad de Paterson –concretamente, ciudad de Nueva Jersey cercana a Rutherford, en donde el autor vivió toda su vida–.

Buena parte de la producción de Williams –modernista e imaginista– trabaja en general sobre lo cotidiano, lo inmediato, iluminándolo con una mirada que capta su belleza, en textos muchas veces breves. De allí su emblemático poema sobre las ciruelas. En este libro, en cambio, puede vislumbrarse cierta complejidad y pretensión, quizá atribuible a ese entramado de discursos que se ensamblan. También se ha señalado que su escritura podría haber estado influida por la lectura del Ulises de Joyce. Incluso Octavio Paz, admirador del resto de la poesía de Williams, dijo de Paterson que “fue una reducción de los Cantos de Pound al formato provinciano”. Aun con diferencias, y si bien presenta un aire más propiamente onírico, podría pensarse en alguna afinidad con su obra en prosa Kora en el infierno, más que con su poesía.

En Paterson encontramos reiterada la famosa frase de que “no hay ideas sino en las cosas” (“no ideas but in things”), originalmente incluida en un texto del año 1944 (A manera de canción). Las cosas, un lugar y un lenguaje, atravesados por el tiempo, y por una multitud de seres.

Nos topamos con versos desconcertantes en “¡Indios!// ¿Por qué hablar de «Yo» siquiera, el sueña, lo/ que me interesa poco y nada?// El tema/ según se demostraría: dormido, no identificado-/ todo de una pieza, solo/ es un viento que no mueve a los demás-/ de ese modo: un modo de pasar/ una tarde de domingo: el arbusto verde se agita”; que conviven con el prosaísmo de “¿Eso es como… pizza?// Phyllis, eres una chica mala. Déjame continuar con mi poema”; o con un texto en prosa donde refiere “explicar las falacias e ilusiones en las que se basa nuestro método actual de financiamiento del presupuesto nacional demandaría demasiado tiempo y espacio”; ello sólo para mostrar un poco al azar parte de los múltiples tonos y sentidos que se amalgaman.

También hallamos un listado de ropas y elementos personales de una persona con la correspondiente valuación monetaria –“24 camisas a 82 ½ centavos: $ 19,88;” etcétera, así como una enumeración de muestras geológicas halladas en un pozo, “con la profundidad a las que fueron tomadas, en pies…”, lo que podría argumentar favorablemente respecto a que una lista de supermercado podría ser considerada poesía –tal como el urinario de Duchamp–, con su contextualización.

Además de la dedicatoria ya referida a Toulouse Lautrec, menciona en la quinta sección de manera expresa a Brueghel y su pintura La adoración de los reyes –artista al cual dedicara su último libro publicado en vida y en el que también poetizara sobre dicho cuadro-, en consonancia con cierta cualidad pictórica que se ha señalado acerca de la poética de Williams.

Esta obra inspiró la película homónima de 2016 de Jim Jarmusch, donde se retrata a un poeta –interpretado por Adam Driver– que habita precisamente en la ciudad de Paterson y se llama de igual modo, cuya producción es ilustrada con textos de Ron Padgett –más afines al resto de los poemas de Williams–.

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Adam Driver en la película Paterson, del gran Jim Jarmusch.

Adam Driver en la película Paterson, del gran Jim Jarmusch.

Jarmusch logra en el film un producto poético en sí mismo, evitando precisamente retratar al personaje como un ser afectado y solemne, y provocando cariño y empatía hacia el protagonista, quien igualmente, de acuerdo a lo que se conoce de su vida, no tendría mucho que ver con Williams (y al que tampoco tendría por qué parecérsele en realidad). El director destacó que ambos tendrían trabajos aparte de la poesía –el personaje se desempeña como colectivero–. Como dato, si buscamos en internet el nombre “Paterson” lo que primero aparece es la película.

Williams, nacido en 1883 y muerto en 1963, se dedicó a la medicina –habría llegado a asistir más de dos mil partos– y dejó vislumbrar algunos rasgos de su profesión en la propia escritura, la cual abandonaría durante sus últimos años para dedicarse por entero a la creación. Incursionó en la narrativa y el teatro, además del ensayo.

Silvia Camerotto, además de traductora, es poeta y ha publicado La Grosse Fuge y 420 minutos de abstinencia. En el prólogo nos dice que la motivó el emprender esta traducción el que otros debieran leer Paterson, “que no hacerlo era sinónimo de pérdida”, así como el permitir el acceso a “una gran síntesis universal de la experiencia individual”. Emprender el camino hacia esta obra poderosa y polémica de uno de los grandes poetas del siglo XX es una oportunidad que el trabajo y esmero de Camerotto han permitido.

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