Cultura y Libros

"El deseo por la escritura puede surgir en cualquier momento"

Alisa Lein es arquitecta y desde hace unos años también escritora. Se formó en talleres literarios locales y trajo a Rosario el primer premio del Fondo Nacional de las Artes de Letras, en la categoría cuento, con su libro Abajo es carne cruda.

Domingo 19 de Abril de 2020

Su nombre se parece al de Lois Lane, la amada de Superman, pero el de ella se dice como se escribe: Alisa Lein. Nació en Rosario en 1973, es mamá de tres chicos casi adolescentes (de 11, 12 y 14 años) y, desde hace más de dos décadas, arquitecta. A los 35 años, a partir de una anécdota que le contó su mejor amiga, se puso a escribir. Durante un tiempo lo hizo por su cuenta hasta que en 2014 se metió en el mundo de los talleres literarios. Primero con Angélica Gorodischer, después con Alma Maritano y, tras el fallecimiento de la escritora, siguió con Pablo Colacrai. Hoy la escritura es su oficio, una pasión a tiempo compartido con la arquitectura. “Uno nunca sabe cuándo, ni para dónde se puede disparar el deseo”, reconoció Alisa, que de a poco se está animando a mostrarse. Es que en noviembre del año pasado recibió dos premios, uno al lado del otro: el del Fondo Nacional de las Artes en Letras y el Premio Municipal de Literatura “Luis José de Tejeda” de Córdoba. Era la segunda vez que concursaba en los dos certámenes con su libro de cuentos Abajo es carne cruda. Al “Tejada” tuvo que renunciar por incompatibilidad, pero el reconocimiento doble de estos jurados le hizo mover la estantería. “Yo en un punto mandaba para perder, imaginate que si uno manda para ganar la frustración es bastante, y no estoy dispuesta a frustrarme a cada rato. Entonces mando, después un poco te olvidás, y cuando no ganás está todo bien. De alguna manera participar de concursos es un ejercicio, busco los jurados que me gustan, digamos, para perder tranquila”. El de Alisa Lein es el primer premio del Fondo que recibe un escritor/escritora de Rosario y también es una suerte de revelación para los rosarinos. Es que salvo por la publicación de un cuento para niños y niñas, Alfajores y chinchulines, de la colección Cuenta Ciencia (UNR editora, 2019), el nombre de Lein es un secreto a voces en el mundo de los talleres literarios de Rosario. “En Buenos Aires me recibieron con mucho cariño, estaban contentos de que hubiera ganado una mujer del interior y totalmente desconocida”.

El jurado para la categoría cuento estuvo compuesto por Betina González, Fernanda García Lao y Liliana Heer, y el veredicto fue unánime. “Me contaron que cuando se encontraron llegaron las tres con el mismo libro para premiar”, explicó Alisa, que ya está dando los primeros pasos rumbo a la publicación del libro. Por el momento, mantiene conversaciones con varias editoriales de Buenos Aires pero aún no está nada definido. “El libro se va a publicar seguro. Para mí el premio es un mimo, una validación, porque si no estaba en mis planes publicar, el premio me dio el empujón para decirme «animate, mostralo, compartilo». Así que voy a exponerme un poquito más. Voy a asumir el riesgo de hacerme visible”. Abajo es carne cruda reúne diecinueve relatos y Alisa insiste todo el tiempo en que estos reconocimientos no le pertenecen del todo a ella, sino al trabajo colectivo que surge de las instancias del taller que hace con Colacrai. Alisa habla de su “nuevo” oficio de escritora con prudencia pero sobre todo con mucha modestia, como alguien que entra por la ventana y conquista toda la casa.

—Decís que el premio es compartido con tus compañeros de taller. ¿Qué significan estos espacios para alguien que empieza a escribir?

—Sí, estos cuentos fueron hechos en un ciento por ciento en el marco del taller, lo enfatizo mucho porque yo llevaba una vida por otro camino, sino hubiera sido así yo nunca hubiera podido crecer como escritora, no hubiera llegado a esta instancia. Yo tenía otra vida y más o menos a los 35 años empecé a escribir sola y como una necesita un poco de otras lecturas, de otras miradas sobre lo que una hace, cuando cumplí 39 fui a unas reuniones literarias que hacía Angélica Gorodischer: una experiencia hermosa. Después a los 40 empecé el taller de Alma Maritano, lo hice durante dos años, y cuando Alma falleció seguí con Pablo Colacrai, que ya coordinaba con ella. Toda la producción del libro pasó por la instancia de taller. Lo que yo siento en particular con este taller es que sigo encontrando cosas para aprender, sigo encontrando lecturas sobre los textos de otros que me siguen ayudando, y reconozco al grupo como buenos lectores, entonces me sirve lo que ellos me dicen. La escritura es muy solitaria pero no se completa hasta que el otro te lee. Si tenés buenos lectores que te hacen una devolución generosa el crecimiento sin dudas es importante, y tenés muchas posibilidades.

—Viste que hay una idea sobre la vocación como algo que se descubre a cierta edad y si no, perdés el tren ¿Cómo ves eso?

—A mí me importa destacar lo de la edad justo por eso. Porque la literatura no tiene edad, quiero decirle a la gente que no es tarde. Yo empecé a estudiar esto y a escribir como un oficio a los 40 años, y ahora tengo 46. Además, la escritura te ayuda mucho a conocerte a vos, qué cosas te interesan, dónde ponés el ojo. Es un trabajo personal, que si sos chica está buenísimo, tenés un camino relargo para recorrer, pero si sos grande también (risas). En cualquier momento se puede disparar el deseo. Yo creo que cuando empecé a estudiar arquitectura no estaba para ponerme a escribir. Por ahí hay un mandato social que te hace decidir en un momento cuál es tu profesión, y a veces uno es chico. A mí me encanta la arquitectura, es lo que aprendí a hacer con mucho amor, pero una no es una sola cosa. Hace veintipico de años que soy arquitecta y también está bueno probar otras cosas, jugar a otras cosas, la vida es larga. Por ejemplo la maternidad para mí abrió un tiempo muy dedicado a otros, esa dependencia física del minuto a minuto que te deja poco resto, pero es un tiempo. Cuando me llegaron los famosos 40, los tomé como una posibilidad de reinventarme y dije: “Voy a probar otras cosas”.

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—¿Tenés un método propio de escritura?

—Lo que aprendí de los talleres es a jugar, probar y que el borrador es fundamental para equivocarse. Aprendí a no juzgarme con el borrador, hago todo lo que está mal, después se corrige, es la única manera de tener un material para trabajar. Hace poco en una charla con Flavia Pantanelli, una escritora de Buenos Aires, nos decía que el borrador es el barro. Sin barro no podés hacer la escultura, no tenés qué moldear. Bueno, hay que escribir. Hay que animarse a hacer la parte que está mal, como dice Heker, el borrador es un mal necesario.

—Como escritora de ficción, ¿te sentís mejor en el cuento?

—Soy cuentista, es en lo que me entrené. Cuando termino de escribir un cuento me hago la pregunta de qué es lo que quise contar con esto. Más allá de la peripecia o la pequeña o mínima aventura, a veces me pasa que estoy tan metida adentro que no me doy cuenta. Entonces cuando se lo doy a una amiga para que lo lea, o llega la instancia de tallerizar, digo bueno, ellos me van a decir de qué se trata. A veces me dicen cosas que me sorprenden, lecturas que son totalmente superadoras de la cosa chiquita que yo hice el esfuerzo de contar.

—¿Se puede entrever un estilo propio en lo que venís escribiendo?

—A la larga siempre termino hablando de los vínculos humanos, y me gusta correrme del pensamiento moral de esos vínculos, poder desnudarlos y presentarlos. No es filosofía, es un relato. Después el lector tendrá que hacer el trabajo de pensar eso. El título del libro, Abajo es carne cruda, es una mezcla de dos cuentos, uno que se llama Abajo es otra cosa, y el otro, Como carne cruda, que es un cuento que bordea el terror, un poquito truculento. No me da miedo entrar en lugares un poco escabrosos, pero no es el tono de todos los cuentos. En su mayoría tienen un tono más raro que truculento, las cosas se enrarecen un poco. De una situación cotidiana se puede terminar en lugares raros.

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—Hay una corrida moralizante, en las artes sobre todo en la literatura, una especie de política de cancelación. ¿Cuál es tu postura?

—Sí, totalmente, y no adhiero para nada a eso. Yo creo que la literatura no consiste en tratados filosóficos ni propaganda, pasa por otro lado. Es como juzgar un cuadro, una pintura. Son obras de arte que representan algo, o en todo caso muestran situaciones que de alguna manera están en la sociedad, así sea para que el lector diga “qué bárbaro lo que pasa en este relato y no estoy de acuerdo”, pero pasarlo por una especie de censura no colabora en nada. Los que leemos literatura lo hacemos por el placer de leer y mirar la vida desde otro lado. Si no, no podríamos hablar de nada.

—¿Y cómo te posicionás con eso?

—Intento correrme de la moralidad para escribir. En mis cuentos suelo usar muchos animales, es un recurso del que me di cuenta después, al animal no se le cuestiona la moral, entonces cuando uno pone en el medio un personaje que no cuenta con esa conciencia de lo que está bien o lo que está mal, ese es el que puede moverse distinto, y hay otra libertad para poner a todos en juego. En definitiva siempre estoy hablando del deseo, es otro tema que atraviesa estos cuentos. Las relaciones humanas y el deseo que nos moviliza son los temas que me conmueven en este momento.

—¿Cuáles son tus expectativas como lectora? De lo que estás leyendo en este momento, ¿qué podés recomendar?

—Me gustan los libros que son desafíos, me gusta que no me la hagan fácil. Me gustan los libros en los que pasan cosas, menos reflexivos, y si pasan cosas raras mejor, el absurdo o lo inesperado me seducen. No sé si me gusta un género en particular, pero cuando el lenguaje y la manera en que está expresado te atrapa, ya está, a mí me gusta que me lleven de viaje. Cuando siento que el libro me hizo entrar a otro lugar, me hizo vivir otra experiencia, es como si te hubieras ido de viaje y hay que volver para contarlo. Me gusta mucho Martín Kohan, Fuera de lugar es un librazo, y Bahía Blanca también. Todo lo que leí de él me encantó. También me atraen Samantha Schweblin y los cuentos de David Grossman, un escritor israelí. Ahora, por ejemplo, estoy leyendo a Tomás González, un colombiano que escribe fantástico.

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