Cultura y Libros

El aviador que también sabía volar con las palabras

En Las principitas, Nicolás Herzog y Lina Vargas cuentan un episodio poco conocido en la vida del gran Antoine de Saint-Exupéry. El resultado es un libro entrañable.

Domingo 07 de Abril de 2019

A pesar de que la cátedra lo tiene señalado como a un cursilón irremediable, Antoine de Saint-Exupéry siempre vuela más alto que sus aburridos críticos: su palabra, vulgarizada al extremo merced a ese clásico de clásicos llamado El principito (uno de los libros más vendidos en la historia), continúa pese a todo conquistando lectores, y su vida de leyenda entre el cielo y la tierra no cesa de alimentar múltiples versiones y especulaciones.

Poco tiempo atrás llegó a las librerías del país un nuevo texto que lo tiene como protagonista. En Las principitas, la dupla de biógrafos-cronistas compuesta por el argentino (santafesino, para más datos) Nicolás Herzog y la colombiana Lina Vargas intenta reconstruir un episodio tan famoso como oscuro en la vida del autor de los inolvidables Correo sur, Un sentido de la vida, Vuelo nocturno y Tierra de hombres: su aterrizaje de emergencia en un campo entrerriano, cerca de Concordia, en el arranque de la década de los treinta del siglo pasado, y su posterior encuentro con dos seductoras adolescentes que lo habrían inspirado para la escritura, justamente, de su inagotable Principito.

La historia es encantadora, y si no llegara a ser del todo verdadera, sin dudas merece serlo. Al descender de su precario aeroplano (estaba recorriendo la ruta Asunción-Buenos Aires), el escritor comprobó que una de las ruedas del tren de aterrizaje había quedado severamente dañada tras introducirse en una vizcachera. El ataque de furia no tardó en surgir. Y fue en ese momento, cuando se desfogaba en plena soledad rural, que las dos jovencitas, montadas a caballo, se tropezaron con ese hombre alto y de anchos hombros enfundado en la estrafalaria vestimenta que por entonces llevaban los pilotos. Tras las risas iniciales, ambas hablaron entre sí... en francés.

Así comenzó todo. Las hermanas Edda y Susana Fuchs-Valon vivían junto a sus padres europeos en un palacete construido sobre la costa del río Uruguay. Allí fue invitado a pernoctar el creador de Ciudadela, y entonces se inicia la leyenda. La mansión se hallaba al borde de la ruina, "pero si aquí no se recuperaba nada, se limpiaba, en cambio, con fervor. Todo estaba pulido, bruñido, brillante", cuenta el gran narrador, integrante de una estirpe de hombres —y escritores— que parece haberse extinguido a golpes de posmodernidad pura.

Cautivado por la extraña y aristocrática familia, que cultivaba una salvaje libertad y convivía con los animales (había, por ejemplo, un nido de culebras debajo de la mesa donde se tomaban las comidas, siempre ceremoniosas), Saint-Exupéry permaneció durante un mes entero en el selvático palacio y luego lo visitó con frecuencia (conviene recordar que residió en Buenos Aires entre 1929 y 1930). Y las hermanas, según se afirma, le sirvieron de inspiración directa para crear su célebre librito, que terminó convertido en un texto destinado a los niños. Él mismo había confesado una vez, curiosamente, que no estaba seguro de "haber vivido más allá de la infancia".

Las principitas es ameno y está bien documentado. Herzog y Vargas viajaron, investigaron, conversaron, anotaron. Después, contaron con eficacia. El fruto de su trabajo rezuma melancolía, pero también alegría de vivir. Sin dudas, constituirá un tesoro para quienes aman la obra de este francés aventurero, que terminó en el fondo del Mediterráneo con su avioncito durante la Segunda Guerra Mundial no sin antes haber escrito algunas de las páginas más hermosas del siglo veinte.


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