Cultura y Libros

Cuentos policiales lastrados por empalagosos homenajes literarios

En Los casos del comisario Croce, libro póstumo publicado por Anagrama, Ricardo Piglia vuelve a frustrar las expectativas que despiertan las opiniones sobre su obra.

Sábado 20 de Octubre de 2018

La crítica universitaria argentina suele proceder con impunidad a la hora de las "canonizaciones" (terminología a la moda) y así, desde hace ya largo tiempo, intenta convencer a los generalmente crédulos lectores de que Ricardo Piglia (1941-2017) es un narrador de calidad tan elevada como infrecuente. Sin embargo, la propia obra del autor de Respiración artificial (su mejor novela, del año 1980), Plata quemada (1997) y Blanco nocturno (2010) tiende a frustrar las grandes expectativas que en torno suyo generan habitualmente los expertos de turno.


El último libro de Piglia, aparecido después de su muerte, no hace sino reafirmar la tendencia antedicha. Es que los cuentos policiales incluidos en Los casos del comisario Croce, recientemente editado en el país por Anagrama, pueden funcionar, en el mejor de los casos, apenas como un entertainment para el público culto.

Saturados de referencias explícitas e implícitas al universo literario, en estos relatos Piglia homenajea ―vuelve a homenajear, acaso empalagosamente― a sus dos grandes referentes, Jorge Luis Borges y Roberto Arlt. El comisario Croce ―que ya había aparecido en Blanco nocturno, y cuyo apellido también puede ser vinculado con un guiño cómplice a los connaisseurs― es un investigador de rasgos eminentemente intelectuales, más allá de que apele de manera constante a su prodigiosa intuición para resolver los enigmas que se le presentan; en ese sentido, estos textos se hermanan con la más pura tradición del policial deductivo, inventado por Edgar Allan Poe en tres relatos magistrales, Los crímenes de la calle Morgue, La carta robada y El misterio de Marie Roget. Esta línea se expanderá y enriquecerá más tarde con los aportes de los británicos Gilbert Keith Chesterton y Arthur Conan Doyle, entre otros, para desembocar en la popularísima (e insufrible) Agatha Christie. En esta misma "zona", pero dentro de la producción nacional, deben situarse dos nítidos predecesores de los cuentos de Piglia, la dupla Borges-Bioy Casares (en Seis problemas para don Isidro Parodi, Crónicas de Bustos Domecq, Nuevos cuentos de Bustos Domecq, Un modelo para la muerte) y los notables relatos policiales de Rodolfo Walsh (Variaciones en rojo). De la otra gran rama del género, la novela negra estadounidense o hard boiled, apenas pueden percibirse remotos rastros en las historias de Croce.

El fruto de la erudición de su creador, sin embargo, es aguachento. La carencia de vigor narrativo no logra ser compensada con el aparatoso repertorio de referencias que se despliegan para el supuesto disfrute del lector entendido. Mejor constructor de tramas y estructuras que de párrafos y oraciones, tal habilidad no le resulta en este caso suficiente a Piglia: le falta sangre, y eso ―justamente en un policial― resulta grave.

Sólo algunos momentos logran escapar del tono predominante. Entre ellos tal vez merezca destacarse El impenetrable, donde Croce sigue la pista de un próspero industrial que desaparece inexplicablemente de su domicilio en City Bell. Lo interesante. en este caso, no será cómo lo encuentre, sino, paradójicamente, qué es lo que finalmente encontrará.

Pero las bienvenidas excepciones a la regla no le bastan a Piglia para escapar del laberinto en el que se ha metido. Demasiada literatura, tal vez, para tan poca vida.


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