Cultura y Libros

Así escribía Sara Gallardo

El comienzo de "Eisejuaz", cumbre indiscutida de una obra narrativa inquietante.

Domingo 03 de Marzo de 2019

Dije a aquel Paqui:
—Procura no morirte. A la tarde te ayudaré.
Había llovido mucho por esos días y los camiones no podían entrar en el pueblo. Renegaban los camioneros a causa de la lluvia; renegaban, por tanta agua.
Yo no conocía a Paqui. Lo creí muerto, en el barro.
Pero me dijo:
—Algún día podés encontrarte como estoy yo.
Iba a mi casa, al otro lado del aserradero de don Pedro López Segura, donde fui motorista cuando tuve los sueños. Manejaba la caldera en aquel tiempo de los sueños, ya pasado. Iba a mi casa y pensé: "¿No será el que estoy esperando?".
Por eso volví atrás:
—Procura no morirte. A la tarde te ayudaré.
Un camionero dijo entonces:
—Yerba mala nunca muere.
Él ni nada. Como muerto. Y semejante mugre. Llegué a mi casa y dije al Señor: "Si es éste, hacémelo saber". Tres, diez veces, veinte pedí: "Si éste es, que yo lo sepa". Y nada no pasó. Ni paró la lluvia. Puse a cocinar el pescado, y nada. Tenía un trabajo urgente, hice mi trabajo. Fui a buscar a aquel Paqui.
Los camioneros estaban en el almacén de Gómez esperando que parara la lluvia. "Ahí va Vega." Otro: "¿Buscás un tesoro?". Nada no hablé. Llevaba una hamaca para envolverlo, porque no podía caminar.
—¿Estás vivo? Vine a ayudarte.
No contestó.
—¿Estás vivo? Vine, como te dije.
No contestó. Entonces pensé que me había equivocado, que no era el mandado por el Señor. "Mejor para mí —pensé—. Mejor." Iba a alegrarme. Pero vi que había abierto un ojo y que lo cerró. Entonces lo envolví en la hamaca y lo cargué en mi espalda.

Había mucho barro. Me caí. Aquel hombre se quejó. También me caí otra vez. También se quejó. Quedé lleno de barro entonces, con semejante mugre. Cuando pasamos por el almacén de Gómez los camioneros dijeron: "Ahí va Vega. Encontró su tesoro". Y a Paqui: "Vas en carroza, carroña".
Di una vuelta grande para no cruzar por el aserradero, llegué a mi casa, dejé a ese Paqui en un rincón, calenté la sopa de pescado, hablé al Señor. No supe con qué palabras, solamente le dije: "Aquí estoy, aquí estoy".
Llovió mucho esas noches, llovió esos días, ya no había ropa seca, nada no había.
El Paqui era un estropeado, un paralizado, un enfermo. Yo no sabía su nombre. Le saqué las ropas y las puse al lado del fuego. Me saqué las ropas y las puse al lado del fuego. Pero el agua entraba por la puerta.
Dijo:
—Algún día podés encontrarte como estoy yo.
Dije:
—Ya estuve sucio, ahora estoy desnudo. ¿Qué más querés?
Dijo:
—Todos ustedes son sucios y desnudos. Te podés quedar duro, y hacerte encima las suciedades; tener hambre y morder el bocado en la tierra. Y tener a las mujeres con el pensamiento. Es lo que te digo. Así podés quedar. Así quiero verte.
"Aquí estoy, aquí estoy." Di la sopa de pescado a aquel hombre y se quedó dormido en el rincón. Dormido, en aquel rincón.
Dije al Señor: "No dejes que me arrepienta".

Al otro día entraron los camiones en el aserradero. Traían cedro, quebracho, lapacho, palosanto, algarrobo, pacará, mora, palo amarillo, palo blanco, incienso. Cargaron las tablas y se fueron para Salta.
Había sol ese día, y Mauricia Suárez bajó con las otras a la canilla del agua. Yo estaba con mi botijo buscando agua. Y me habló:
—Las cosas van mal. ¿Cuándo vas a volver?
—No voy a volver, Mauricia, ya sabés. Decile a tu marido que se ocupe.
—Mi marido no sirve. ¿Cuándo vas a volver?
—Ya sabés que no puedo volver. Ya no voy a volver a ese campamento. Ya no vuelvo a esa misión.
—Se vamos a morir todos si no volvés.
Yo me tapé las orejas y me fui con el agua. Las mujeres se rieron. Por el camino dije al Señor: "¿Hasta cuándo tanta mala sangre? ¿Hasta cuándo?" Lo decía por los paisanos, tanta miseria, y por mí, tanto dolor.
Paqui siempre dormido en su rincón. Y tuve un pensamiento: "¿No he visto a este hombre en alguna parte?".

Yo soy Eisejuaz, Éste También, el comprado por el Señor, el del camino largo. Cuando he viajado en ómnibus a la ciudad de Orán he mirado y he dicho: "Aquí descansamos, aquí paramos". Allí mi padre, ese hombre bueno, allí mi madre, esa mujer animosa con el hijo de encargue, allí tantos kilómetros saliendo del Pilcomayo a pies hicimos por la palabra del misionero. Allí mis dos hermanos. Allí yo, Eisejuaz, Éste También, el más fuerte de todos. Veo y digo: "Aquí se descansamos, aquí paramos". Los lugares no tenían nombre en aquel tiempo.
He visto esos lugares desde el ómnibus una vez, cuando fui a la ciudad de Orán a pedir el primer consejo, en aquel tiempo en que tuve los sueños. Pero llegó un día en que no fui a ninguna parte: ni a Orán, ni a Tartagal, ni a Salta, ni tampoco trabajé más en el aserradero. Hice la casa de paja colorada pasando las vías del tren, y esperé el momento que el Señor me anunció. Esperé al que me iban a mandar.

Paqui, en su rincón:
—¿Para qué me trajiste aquí, che, decime?
El fuego no había secado las ropas; le pasé un diario bajo del cuerpo y otro por encima. "¿No he visto a este hombre en alguna parte?"
—¿Qué podés mover? Las manos, las patas, decí: qué.
Se puso a gritar:
—No voy a vivir aquí, no voy a vivir aquí. Aquí no.
Le di la sopa y moví las ropas en el sol. Gritó:
—Salvaje. No sabés quién soy.
Colgué las ropas en el viento y me fui al pueblo. En la puerta del hotel, doña Eulalia. Ingrato, me dijo. Yo la saludé.
—Ayer cumpliste años. ¿Te acordaste? Yo no me había acordado.
—Quince cumplías el día que te tomé en el hotel. Treinta y cinco has cumplido ayer. El tiempo pasa.
—No se cumplimos años los que nacemos en el monte, señora.
Dijo:
—No hay que ser agreste, hijo, hay que agradecer.
Supe en esa hora que sí era Paqui aquel que me mandaba el Señor, aquel que había esperado, y que podía tratarlo como mío. Dije:
—En ese tiempo empezaba el segundo tramo de mi camino, señora. Hoy empezó el último.
Doña Eulalia me llamó incorregible.
—Siempre estás alto como la puerta, ancho como un caballo, pobre Lisandro. El tiempo pasa. Ya me ves viejita y pesada. Pero San José castísimo no abandona a sus corderos.
Yo le dije hasta luego señora. Doña Eulalia: si trabajaba de nuevo en el aserradero, si era motorista otra vez, si hacía otro trabajo. "No, ya no." "Es feo ser haragán, Lisandro. Has sido buen trabajador." Pero yo seguí mi camino, y cuando estuve solo dije al Señor: "Era el que me mandabas; aquel que me anunciaste. Bueno. Cumpliré. Bueno".
Caminé hacia el río por dentro del monte para no encontrar gente ni camiones, y levanté los brazos. Y saludé al río porque es hermano del Pilcomayo, y la tristeza me echó al suelo. Dije al Señor: "¿De dónde lo sacaste así, tan malo?" Por Paqui lo decía. "¿Cómo lo pensaste así? ¿No pudo ser de otro modo? ¿Por qué pensaste tu promesa de esta forma?"
Lloré: "¿No podía ser de otro modo?"
Me golpeé la frente y grité:
—¿No podía ser de otro modo?
El Señor brilló sobre el río pero no me habló, movió el monte pero no me habló.
—Aquí está Eisejuaz, Éste También, tu servidor, ¿y no le hablas? Ya empezó el último tramo de su camino, ¿y no le hablas? Pero Eisejuaz, Éste También, fue comprado por tu mano. Y en el hotel, lavando las copas, oyó tu palabra.
Así lloré. El Señor movió el monte, y me sonrió.
Y me volví al pueblo sin secarme las lágrimas.
Los camiones pasaban para Salta llevando tablas. "¿Dónde dejaste la bicicleta, Vega?" Y levanté el brazo para decir adiós. "Empezó el tramo final", quería decir. Caminaba, y el barro me puso blancas las zapatillas.

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