En la época del culto a la imagen y la apariencia, del predominio del mandamiento cultural que nos impulsa a gozar y pasarla bien, muchos parecen más preocupados por aparentar disfrutar que por hacerlo realmente. La supuesta objetividad del disfrute pasó a primer plano. Pensemos en la industria del turismo: se da una inusual y solapada competencia para ver quien hizo el viaje más sofisticado, largo o lejano. Como la gente funciona con estereotipos supone lo que es, o debe ser, disfrutar. Así se tiende a una supuesta objetividad. Se presupone una especie de equivalencia entre lugares de destino que posibilitarían goces similares. Existe una parcial incapacidad o incredulidad para aceptar un disfrute por fuera de lo preestablecido, como si alguien que fuese a un destino más común fuera condenado a un goce acotado, como si no hubiese podido disfrutar igual o más que en destinos más prestigiosos. La epidemia de pereza mental y los estereotipos de época descuentan que si alguien fue a Europa, gozó más que otra persona que viajó por su propio país. Pero, la capacidad de disfrute se halla vinculada a objetos y situaciones singulares que nos estimulen. Es siempre una vivencia subjetiva aunque procuren homogeneizarla y objetivarla especialmente por el interés de diversas industrias que lucran con la estupidez.




























