El fútbol acompañó todas las etapas de mi vida sentada en una butaca al lado de los hinchas; mi padre, mi marido, mis hijos, mis nietos, mis amigos. Este 10 de julio no fue diferente. Me sumé a las expectativas generales, a la necesidad de una alegría, a la espera del triunfo argentino tan esperado. Y es desde ese humilde análisis deportivo que quiero hoy compartir con ustedes las dos cosas que me impactaron sobremanera y me hicieron sentir que estamos vivos y que aún podemos soñar un futuro de grandeza. Lo primero fue el “Fideo”, Angelito Di María a los 21 minutos del primer tiempo, que me hicieron dejar el tejido, saltar de mi sillón y emocionarme con prudencia. Uno a cero. Pero aún faltaba mucho para el final, así que retomé mi tejido y seguí espiando el partido, contagiada por el nerviosismo reinante. Y ganamos. Argentina campeón de la Copa América. Entonces reí sus risas y lagrimeé sus llantos emotivos. Hasta que se produjo el abrazo. El abrazo fraterno entre Messi y Neymar. El viejo adversario abrazando al amigo, en su cancha, en su propio país. Me retrotrajo a un anhelo diferente. Los dos preparados para triunfar, para alegría y felicidad de sus pueblos. Pero debía haber un vencedor y un vencido. Y así fue. Sin grietas, uno y otro fundidos en ese abrazo inolvidable no pudieron menos que renovar las esperanzas. Ojalá todos puedan apreciarlo. ¡Vamos Argentina! ¡Nos están dando un ejemplo!






























