Quizás así debió ser, aquella noche de San Juan, cuando se le negó completar el combo ideal, de haber devuelto el equipo a primera división y consagrarse al toque en la Copa Argentina. Si hasta parecía que una fuerza de otra dimensión retenía ese título más que posible, sobre todo después de sacar dos penales de ventaja en la definición desde los 12 pasos ante Huracán. Y es que esa alegría al fin reprimida hubiera contrastado demasiado con la noticia más importante para el mundo canalla que impactó en la tarde de ese 26 de noviembre de 2014, como fue el adiós al más grande técnico de su historia, don Ángel Tulio Zof. Pero la vida le tenía reservado el premio merecido, el que debía dar al cabo para alcanzar el mismo sitial. Nueve años después, Miguel Ángel Russo entró definitivamente en el Olimpo de los próceres canallas. Él, codo a codo con la nueva dirigencia que lo acunó de nuevo y en que se apoyó totalmente, Miguel lo hizo. Ya ni siquiera es el amigo fiel de aquel ascenso en Jujuy, el que vino una y otra vez en la mala cuando más se lo necesitaba, como hacen los afectos sinceros. Miguel ya es Central mismo.
Russo quedó inmortalizado con el saco revoleado al viento, luego de su primer clásico, el del 4 a 0 de 1997. Pero desde entonces, fue mucho más que eso para Central. Aquella vez recién empezaba a incursionar en la dirección técnica, había llevado de regreso a primera a Estudiantes dos años antes y luego, cada vez que regresó a Arroyito, lo hizo para sortear una situación delicada del club, la llevó adelante y fue entrando como una marca indeleble en el corazón de los hinchas auriazules.
En el 2002 reconstruyó la enorme desilusión que había dejado el paso de César Luis Menotti, que lo dejó con un promedio al borde del descenso, y desde ahí estuvo en condiciones hasta de pelear el título.
Cuando volvió para el tramo final de la temporada 2008/09, dijo de entrada: “Esto es promoción”. Y debió llegar a esa instancia para salvar a Central del descenso en aquella final con Belgrano. Venía hacía poco de ser campeón de América con Boca, de jugar la final del mundo, de dirigir en San Lorenzo, pero regresó a Arroyito en el momento más complicado, y volvió a salvarlo.
Se envalentonó el entonces presidente Horacio Usandizaga, no le renovó el contrato, fue a un plantel más gasolero y Central descendió al año siguiente para mantenerse tres años en la B Nacional. ¿Quién volvió cuando se habían agotado todos los planes de la dirigencia que le siguió? Russo, claro, que hasta se bancó su propio mal comienzo para devolver al equipo de Arroyito a primera, con título y todo que fue bien valorado por él: “No es fácil ser campeón, ni en primera ni en ninguna categoría”, dijo. Y agregó: “Ahora hay que dar la vuelta olímpica en primera”. Cumplió.
Casi se le da enseguida, pero debieron pasar nueve años y muchas vicisitudes. Antes que nada, las propias, como la enfermedad con la que lidió en Colombia, cuando así y todo condujo en la cancha a Millonarios a una doble corona, por la cual lo hicieron ídolo indiscutible. Y el retorno siempre a Rosario, aún sin estar en Central, porque acá echó raíces, formó familia, acá cosechó los amigos con los que se junta a tomar café en el mismo bar de toda la vida. Los mismos con que suele disfrutar la inmensidad del río Paraná y la isla, otras de sus debilidades.
Los mismos amigos que le aconsejaron para bien, en plena campaña electoral cuando apoyaba abiertamente a Gonzalo Belloso pero no se sabía qué rol ocuparía en caso de ganar las elecciones, que se dedicara mejor a una especie de mánager para estar encima de todo el fútbol canalla sin exponerse tanto, sin sufrir el estrés de conducir la primera división, atendiendo a las vicisitudes que había afrontado en Colombia. Y que se encontraron con la respuesta sin ninguna clase de dudas de Miguel: que se veía por lo menos dirigiendo dos años más.
Y ahí fue Miguel, una vez más, empezando un camino sinuoso, como no podía ser de otra manera, de bajo promedio. Otra vez a poner la cara, a absorber todo para que los chicos que en toda su carrera ayudó a desarrollar, lo hicieran nuevamente sin presiones, y para que aquellos que ya habían empezado el camino, pudieran explotar para el beneficio de sus propias carreras y, sobre todo, del club.
Ahí fue Miguel, el de la vieja guardia, el de 67 años que enseñó que más se sabe por viejo. Otra vez agrandando su halo ganador en los clásicos. Otra vez enseñando, como cuando sacó de la cancha a Kevin Ortiz o separó (momentáneamente) del plantel a Tomás O’Connor por el bien mayor del club. Como cuando dejó ir a Alejo Veliz, o a Gino Infantino, como cuando optó por Sández o por Martínez Dupuy, reinventándose siempre para llegar a este momento mágico, único, que supo conseguir. La gloria, ni más ni menos.
“Que de la mano, de Miguel Russo, todos la vuelta vamos a dar”, atronó como un acto de estricta justicia en el Madre de Ciudades e hizo emocionar hasta las lágrimas al portador del nombre que quedará grabado para siempre en el Olimpo auriazul. Esto es Central, Miguel. Esto es, desde ahora, Russario Central.