La puerta de la casa de calle Salta está abierta y al final del pasillo está Rody Bertol con los brazos abiertos recibiendo, junto al elenco, a los invitados a su sala de entrenamiento. La excusa del encuentro es "El arbolito rojo", una obra de teatro que no es tal del grupo Rosario Imagina escrita y dirigida por el, a esta altura, legendario autor y director. Todo es ameno, cordial y en tono de agradecimiento, por la distinción recibida en marzo y por tantos años de reciprocidad. El souvenir de la celebración es un ensayo abierto, casi una retrospectiva con secuencias de una vida hecha arte. Son recuerdos que, al corporizarse en cinco actos, conforman un legado lleno de creatividad, intensidad y emoción. Son anécdotas reales que, quizás, garanticen un continuum, un transcurrir del tiempo sin reparar en él.
Por eso, según Bertol, la obra "nunca será estrenada" alimentando así la idea de un ensayo interminable, eterno. Y aunque aparezca como metafísica, esa pretensión tiene un asidero más real: son nueve las historias que conforman el libro y son cinco las que se van poniendo en escena. Con seguridad, el resto hará que la obra se renueve y mute en otra y así hasta acabar con las 72.576 posibles combinaciones o sea, prácticamente, hasta el infinito.
SONIDO Y VISIÓN. Ya dentro de la sala, recientemente acondicionada y con los últimos adelantos tecnológicos, se palpa un clima intimista interpelado por aquellos fantasmas de la memoria, el sonido y la visión.
Es que la música no es mera compañía, ni aquí, ni en la vida del autor y director. Y si Bob Dylan fue inspirador de su anterior trabajo, Luis Alberto Spinetta parece ser quien mejor resuma sus gustos y emociones.
Además, con un elaboradísimo diseño de luces de Ignacio Almeyda, los actos van ganando en un componente onírico y caleidoscópico que maravilla e incluye al público en un sueño retrospectivo.
PERSONALIDADES. Si bien los cinco cuentos tienen autonomía temática, se van uniendo con las entradas y salidas superpuestas de los intérpretes, en una alegoría de las diferentes personalidades que conviven en lxs actores y actrices, y que se expresan en un mismo ser.
Así, Germán Capomassi corre con un viejo grabador a cassette a "El Flaco"y rescata con gran generosidad al adolescente fascinado por su ídolo. Natalia Trejo se luce cuando despliega sus virtudes para la comedia en medio de un confuso episodio en "El sueño del Colegio Nacional". A María Eugenia Ledesma le toca lidiar con el amor, nada menos, en "El sol también". En sus ojos se refleja la esperanza pueblerina de que algún día algo extraordinario acontecerá. Y sucede, gracias a su convicción y ductilidad. Mariana Pevi (foto), se convierte, sin querer, en el alter ego del dramaturgo a través de "Alcón" y su genética artística se exhibe pura y honesta, como la de Alfredo, en una certera oda al teatro. Por último, Juan Nemirovsky conmueve hasta las lágrimas con una historia familiar, "El viaje de mi tía Dora", convirtiendo un día tonto de paseo en auto por Rosario en una experiencia iniciática y de una ternura inapelable.
MÁS VOCES. Entretanto se incorporan otras voces para desandar "La orilla", "Un amor real", "A veces miento" y "El Negro", por ahora la obra, gratuita, sigue acumulando solicitudes de reserva por Facebook y hasta, en algún momento, se montará para el público en general.
Al final de la función, "la vida civil de los actores" (como reza su eslogan) se metaforiza en el patio de la casona, entre saludos y selfies, con una copa de vino en la mano, mientras "El arbolito rojo" crece como una propuesta bella, lisérgica, sentimental, cercana, emotiva, amistosa, y sobre todo perenne. Aunque la vida se esfuerce, finita y caprichosa, en decir lo contrario. No lo logrará.