Imanol Arias, uno de los actores españoles más populares en Argentina, regresa al país para mostrar una nueva versión de “Muerte de un viajante”, el clásico de Arthur Miller. Para el intérprete, a quien se lo puede ver actualmente en la serie de Netflix, “Velvet Colección”, en un personaje en las antípodas al Willy Loman del dramaturgo estadounidense, poder encarnar al viajante del título sólo es posible en este momento de madurez y de su carrera. “Uno quiere hacer Willy Loman toda la vida, pero tardas mucho tiempo en darte cuenta que no sabes”, contó Arias a La Capital durante una extensa entrevista en la que habló de su larga relación con Argentina y con Rosario en particular.
Ese vínculo comenzó a través de su padre marino, continuó con el rodaje de “Camila” -“fue una película que me regaló un país”, contó- y se consolidó de manera imprevista: “Mis hijos hoy se educan con un ilustre rosarino que es el señor (Darío) Grandinetti. Por lo tanto tengo a Rosario en la familia”, contó con humor y afecto el intérprete sobre la actual relación de su exmujer con el actor rosarino. La obra subirá a escena el viernes 2 de junio, a las 21, en el teatro El Círculo (Laprida y Mendoza). Esta adaptación, que cuenta con la dirección de Rubén Szuchmacher, se estrenó en 2021, en el Teatro Infanta Isabel de Madrid, con un elenco encabezado por Imanol Arias, que se completa con Jon Arias, Jorge Basanta, Fran Calvo, Cristina de Inza, Virginia Flores y Carlos Serrano-Clark, bajo la dirección del argentino Rubén Szuchmacher.
He estado en Rosario varias veces. Dos de manera privada hace muchos años. Mi padre navegó durante mucho tiempo, fue marino, y el primer bulk carrier en el que trabajó llevaba soja a Argentina para plantar y de allí traían vacas vivas hasta Cádiz. Durante tres o cuatro años mi padre, de los nueve meses que navegaba, dos los pasaba en Rosario donde tenía amistades. Cuando yo estaba rodando “Camila”, una persona me llamó y me dijo “Imanol, tienes la misma voz que tu padre”. Era una persona de Rosario, que había conocido a mi papá. Así fui yo solo a visitar la ciudad, con un cámara que trabajaba en la película, que era de Rosario, navegué, comí. Me pareció una ciudad tan italiana, tan poderosa. Entonces, a principios de la democracia, Rosario era una bomba. Y luego estuve varias veces. Para el estreno de “Camila”, estuve dos meses y llegué hasta Ushuaia. Conocí todo el país con María Luisa (Bemberg). Estrené allí “Despido procedente”, de Lucas Figueroa. Y luego por circunstancias de mi vida, mis hijos tienen un padrastro, dicho en el mejor sentido, la madre de mis hijos está viviendo y mis hijos se educan con un ilustre rosarino que es el señor (Darío) Grandinetti. Por lo tanto tengo a Rosario en la familia. Mi hijo, que hace la gira conmigo, está como loco por ir a Rosario porque el marido de su mamá es Darío, que es un ser maravilloso, que también nos ayuda mucho a querer y a entender a Rosario. La verdad que no tengo tanto que vender como para exagerar... Si tuviera 10 funciones exageraría (risas) pero con una función no puedo exagerar. Pero Rosario es diferente y cuando estás de gira por el mundo, las ciudades diferentes son las que te molan.
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“A Willy Loman uno lo quiere hacer toda la vida, pero tardas mucho en darte cuenta que no sabes”, dijo Imanol Arias.
¿Cuál es la responsabilidad de encarar un clásico como “Muerte de un viajante”?
Es una pieza que la vi por primera vez de chaval, en Estudio Uno, una especie de especial que se hacía con obras de teatro en televisión. Mi padre no se parecía a Willy Loman, pero ya a mis 14 años me impactó y durante muchos años, ya siendo actor, quería hacerla pero no sabía algo que esta obra te enseña alguna vez: que “Muerte de un viajante” la quieres hacer desde hace mucho tiempo, pero tardas mucho más tiempo en darte cuenta que no sabes hacerla. Para hacer esta función no solamente hay que querer hacerla, sino que se tienen que dar una serie de circunstancias para que la experiencia sea lo que Miller quería. Y es hacerla cuando tienes una experiencia teatral y una edad. La figura del padre no se improvisa si uno no tiene esa conciencia. Luego, ya lo decía Miller, que es un personaje que conviene acometerlo en el momento de tu vida en el que no tengas necesidad de sobreactuar, de lucirte, de demostrar que estás más joven. Yo tengo 67 años, podría jubilarme en este momento y vivir tranquilamente, sin muchos lujos, pero tranquilamente. Además podría tener algunos días de rodaje. Podría tomar esa decisión, pero tomo la decisión de seguir trabajando porque es lo que me apasiona. En este momento en el que no tengo que demostrar nada, sólo hacer mi trabajo, que es de lo que he vivido toda la vida, es el momento ideal porque Willy Loman no permite florituras, ni engaños. Es una obra de escucha, con una escucha exquisita, por el placer de escuchar. Y estamos en un momento de la sociedad en el que el placer de escuchar se vio ensombrecido por el placer de gritar, insultar, de ir a toda velocidad. Inclusive los mensajes de WhatsApp se pueden oir más rápido. Esa maravilla que es la escucha, que lo que más detecta la verdad, el alma del ser humano, en nuestros medios, en el tuyo o en el mío, se ha convertido en una especie de batiburrillo, con los algoritmos que deciden los titulares, las redes que en ocasiones son como campos de batalla donde los que te aman o te odian pasan una linda tarde (risas). Todo se desparrama tanto, que lo digo con humildad, no quiero demostrar nada, solamente quiero hacer Willy Loman. Y haciéndolo voy por la función 200 y los dos años. En todo ese tiempo he descubierto qué bien he hecho en hacer Willy Loman con Rubén Szuchmacher. El dirigió a Alfredo Alcón de mayor en esta obra, con la edad adecuada. Así que estoy feliz porque lejos de demostrar nada, lo que estoy es súper contento de acometer la obra desde cero, con humildad, y el resultado es poderoso.
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Esta adaptación, que cuenta con la dirección de Rubén Szuchmacher, se estrenó en 2021, en el Teatro Infanta Isabel de Madrid.
¿Cómo define a la obra?
Miller siempre dijo que esta obra era su gran obra, pero que no era un melodrama, como “Todos eran mis hijos” o “Panorama desde el puente”. El, cuando habl a de “Muerte de un viajante”, la concibe con el primer acto en una noche y el segundo acto en seis meses. Lo concibe como una tragedia. En aquella época todo se escribía de una forma naturalista, pero en la tragedia no hay justificación. La tragedia es el dibujo humano más exacto.
¿Qué aspectos del personaje le gustó abordar?
Hay tres cosas que han trascendido al tiempo en las que Miller demuestra su grandeza y su percepción del mundo. La primera es su gran modernidad con respecto a su visión de lo que sería la sociedad. La familia de Miller tenía tiendas, vivía fantásticamente en la 5ª Avenida. Llegó el crack del 30 y se tuvieron que ir a Brooklyn, que era como irse al extraradio. Ahí Miller plantea dos cosas: la obsolescencia de los trabajos. Los viajantes, en el 48 o 49, empiezan a dejar de viajar porque los sustituye algo que no fuma, no tiene amantes, no tiene coche y no usa hoteles, que son los catálogos. Y los catálogos sustituyen a las personas. Y esta es la historia de un hombre que llega a mayor confundido, y esa es la gran curiosidad, llega a mayor cuando se ha decidido que ya es una pieza de desecho. Eso, el desecho de la sociedad, el tratamiento que damos las sociedades actualmente a los mayores, el gran conflicto de las jubilaciones, qué hacer con los mayores. ¿Cuántas pandemias vamos a necesitar para que se nos mueran en los geriátricos como ha pasado en España, para colocar esa gente en el lugar que se merece? Otra cosa que me impresiona mucho es que la gran tesis de Loman, como de la obra, es “no importa lo que digas o lo que hagas, incluso ni lo que pienses, lo que importa es a quién conozcas”. “Los contactos son lo más importante y maravilloso que tiene este país -dice Loman-. Un hombre cualquiera puede terminar lleno de diamantes con caerle bien a la gente”. Setenta años después, eso que estaba confundido en Loman, ¿cuáles son las tres empresas más importantes del mundo? ¿Y a qué se dedican? A los contactos. Es verdad que un hombre cualquiera puede llenarse de plata con caerle bien a la gente. No importa lo que digas ni lo que hagas.
¿Qué piensa del avance del streaming y los cambios de hábitos del público?
Cada vez que aparece una nueva paradoja parece que se va a cargar todas las demás. El cine se iba a cargar a la radio y el teatro, la televisión se iba a cargar el cine. Al final creo que son modelos económicos de producción y de globalización cultural, que consisten en desculturizar todo a un nivel que sea el propio consumo la sensación de pertenencia más que cultivarse en el pensamiento y en el sentimiento. Todo ahora lleva a seleccionar nichos de espectadores. Se gana la emoción de pertenencia pero se pierde la emoción de la profundidad, del sentimiento. El streaming tiene una enorme capacidad de generar profesionales técnicos y artísticos. La última estadística seria de España es que el 90 por ciento de los actores no viven solo de la profesión sino que tienen que compaginarla con algo. Es algo muy frecuente en Argentina, pero en España no pasaba. De ese 10 por ciento, un 7 por ciento vive, pero tiene que pedir subsidios de paro y del 3 por ciento restante llega a fin de mes y tiene una vida que puede educar a sus hijos o irse de vacaciones. Y solo el 1 por ciento vive holgadamente y puede elegir el trabajo. En ese contexto, el streaming da muchísimo trabajo, pero el asunto es que ha vuelto a poner delante la competencia. A mí IMDB me manda qué número de actor soy en el mundo por el interés que genera mi trabajo. De repende sale “Velvet” y soy el 9 mil. Desapareces dos meses y creo que hoy soy el 136 mil. Y en el arte hay de todo. La última sensación que tenemos en España es que somos propensos a defender determinadas cualidades porque no nos creemos un país con una cosa internacional. Hay dos cosas que han destacado después de la pandemia: el crecimiento de la escucha en la radio, los podcast, porque cuando hablas nadie te puede manipular lo que dices. Y otro de los grandes cambios es el aumento del teatro y los conciertos, porque la gente quiere escuchar. Porque al final, los que vemos streaming, vemos el mundo a través de una pequeña ventanita de realidad virtual.
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“«Camila» me pilló siendo muy joven como actor y con muy pocos recursos, pero Susú Pecoraro estaba brillante”, dijo Arias.
”Camila” fue y es muy popular, y su trabajo quedó muy asociado a esa película. ¿Cómo fue esa experiencia?
Fue un momento cinematográfico, pero sobre todo histórico en el país que me pilló siendo muy joven como actor y muy flojo, con muy pocos recursos. Cuando veo “Camila”, que es una película que adoro, siempre pienso “qué flojo estaba ahí”. Veo a Susú Pecoraro, que era su primera película y parecía una actriz con 40 años de experiencia. Estaba brillante. Es verdad que el cura exigía algunas cosas que yo tenía, pero al margen que me había tocado una película que estaba por encima, y la absoluta convicción de María Luisa que eso tenía que ser así, que eso necesitaba la película, porque tiene una parte romántica, pero también una parte histórica tremenda. Este era un amor de verdad y con una mujer embarazada. Todo eso exigía una forma de hacerlo que me ayudó a canalizar los siguientes trabajos. Sobre todo me dí cuenta que en un momento de tu vida te das cuenta de qué eres, y si eres popular. No he hecho tantas grandes cosas para el cariño que me tiene la gente, por lo tanto cuando haces cosas populares y sabes que te salen bien, tienes que intentar vivir menos cómodamente e intentar hacer cosas que vayan forjándote. Eso, al llegar a la edad que tengo, es lo que me permite hacer Willy Loman. Uno lo quiere hacer toda la vida, pero tardas tiempo en darte cuenta que no sabes. Hasta que no tienes la edad en la que puedes retirarte en la que no tienes que sobreactuar ni demostrar nada. Y ese es el momento para hacer la tragedia. Además, como persona tienes que darte cuenta de lo que has hecho con tu vida. Ese personaje que tú has construido, para alejarlo de la mentira le has dado la única verdad que está en la palabra. Uno puede engañar y ponerse una u otra ropa, llevar rastas, pero cuando abrimos la boca, las palabras son las que construyen la personalidad. Y “Camila” me sirvió para eso, y sobre todo algo que no puedo negar y difícil de explicar es que me regaló un país y América latina. Si te regalan un país durante más de 30 años, donde has vivido, comido, amado, reído, tienes amigos, cómo no volver. Si no, no se explica por qué en medio de este caos nos vamos a Argentina... y es porque queremos estar.