Los desalojos es una de las grandes grietas de España. Los “desahucios”, como lo llaman en el país ibérico, dejan anualmente miles de personas en la calle y es una problemática recurrente en cada gobierno español, sea cual fuere el color político. Juan Diego Botto, el actor argentino que deslumbró en “Martín (Hache)” y ya tiene un amplio recorrido en el cine internacional, eligió esta temática para su ópera prima, en la que contó con dos popes de la actuación como Luis Tosar y Penélope Cruz, a quienes se les suma esa gigante que es Adelfa Calvo y un joven talento como Christian Checa. Con ese equipo y, claro, el mismo Botto en un personaje menos protagónico pero importante, tejió una historia potente que, aunque tiene los típicos desajustes de toda primera película, que en este caso se dio en la falta de un pulso narrativo sostenido a lo largo de la trama, es un saludable canto a seguir luchando por los ideales. El film toma tres historias atravesadas por el fantasma del desalojo. En la primera se ve a un abogado obstinado por defender a los damnificados a como dé lugar (Tosar, excelente), incluso postergando su relación de pareja y su vínculo con el hijo de ella, quien se identificará como “hijastro” en toda la película. La segunda es la de una repositora de un supermercado (Penélope Cruz, efectiva) que pelea en constantes asambleas por defender los desalojos en Madrid mientras su miserable trabajo también pende de un hilo. Su marido (Botto), trabaja de albañil y a duras penas entre ambos mantienen el hogar, asediados por la rutina y el siempre complejo desafío de tener química en una pareja y a la vez ser buenos padres. La tercera historia es la de un albañil, compañero del personaje de Botto, quien no se quiere comunicar con su madre (Adelfa Calvo, brillante), sin imaginar que ella también está a punto de ser desalojada por un embargo que él contribuyó a generar. Entre las tres subtramas sobrevuela el desasosiego, la angustia, el dolor de ya no ser, pero también, y aquí sí hay un mérito del novel director argentino, esa bandera levantada de no rendirse en las luchas sociales. Ese sentimiento de que la lucha que se pierde es la que se abandona. Es la mirada del que aún derrotado siempre confía que en la próxima habrá revancha, aunque un gnomo no pueda vencer a un gigante. “En los márgenes” representa a todos y todas los que se ponen de pie en la trinchera. Y no claudican. Nunca.































