Hay miles de maneras de decir una misma cosa, pero hay veces que algunas de esas maneras son tan salvajes que aquella cosa termina siendo otra distinta. Por ese camino va el director sueco Ruben Östlund, cuya búsqueda de lo diferencial es absolutamente intencional, y si sirve para escandalizar, mejor. Ya lo había demostrado con “Fuerza mayor” cuando puso el ojo en las miserias de la vida familiar o en “The Square”, donde los palos iban dirigidos al universo del arte, algo que aquí en la Argentina ya lo hacen con singular efectividad Mariano Cohn y Gastón Duprat. “El triángulo de la tristeza” pone el zoom en el vacío de los influencers y las redes sociales, y principalmente en los ricos que exhiben casi pornográficamente su poder, todo tomando como disparador la tensión existente entre una pareja top (ella es Yaya, influencer; él es Carl, modelo). Carl (Harris Dickinson) justamente es quien recibe el destrato de un jefe de casting, al ser el destinatario de la frase que da título a la película: “Debes bajar el triángulo de la tristeza”. La asociación geométrica-sensible queda flotando en el aire, y es un preludio de lo que vendrá. En ese mismo casting surge otra expresión que atraviesa toda la trama: “Cuanto más alto vas, te sientes más bajo”. Eso es lo que sintió la pareja cuando Yaya (Charlbi Dean) consigue por canje un viaje en un yate ultralujoso. En esa embarcación parece que el mundo exterior no existiera. Todo debe estar perfecto y si no ocurre eso, parecerlo, como ocurrirá cuando el capitán (Woody Harrelson, brillante) elija beber hasta morir sin importarle nada de nada. El Dios Dinero parece que lo rige todo, desde la jefa de camareras hasta los pasajeros. Uno dice que vende “mierda”, así, dicho salvajemente, porque comercia fertilizantes para el campo. Otro vende granadas y de algún modo celebra que haya guerras en el mundo para que no se le caiga el negocio. Y de pronto todo sale mal, unos piratas atacan el barco, se pierde el glamour, los baños rebalsan, la materia fecal invade el restaurante y las ricas vomitan como si fuera Linda Blair en “El exorcista”. Es tan el descontrol y tanta la prepotencia del sector Ricos y Famosos, que una señora de la alta alcurnia le exigirá a un capitán que debería limpiar las velas del barco, sin reparar que el yate no lleva velas, y que el capitán le dirá todo que sí porque tiene tantas copas encima que ni sabe lo que dice. La película se divide en tres episodios: “Carl & Yaya”, “El yate” y “La isla”. Y es jusamente en la tercera parte, “La isla”, donde el director expone toda su intencionalidad de discurso maniqueo, y con un subrayado que termina siendo fallido por la falta de sutilezas. Con los ricos y ricas convertidos en náufragos, de pronto el poder no pasará por el dinero, sino por los que pueden conseguir algo para comer en una isla perdida; prender un fuego o más, administrar los alimentos celosamente guardados en un container. Y de pronto ese rol le tocará a Abigail (la actriz filipina Dolly de Leon), quien luego de ser una humilde empleada de limpieza pasará a vengarse como la capitana de la tropa. Esto es, la que come la mayor ración, la que castiga al que no hace los “deberes” y hasta la que disfruta del sexo con el modelo, en un trueque de favores sólo entendible porque en una isla perdida, y en esas condiciones, todo vale. El director sueco muestra las miserias de la raza humana en general, haciendo hincapié en los que más tienen pero a la vez con una mirada nada complaciente hacia los más vulnerables y oprimidos. Con todo, “El triángulo de la tristeza” tiene tres nominaciones para los premios Oscar: mejor película, mejor director y mejor guión original. Se puede cuestionar la manera salvaje de mostrar ciertas lógicas de comportamiento de clases sociales opuestas. Podría ser menos escatológica, podría tener menor crudeza. Ahora bien, si la realidad es salvaje, ¿es tan cuestionable plantear una comedia negra con tanto salvajismo? Por lo pronto, bienvenido el cine que tiene algo para contar y no guarda los temas más duros debajo de la alfombra. El final hasta deja una metáfora hacia una cita bíblica, porque el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.





























