Una frase define la esencia de “El padre de la novia”: “Un hijo deja de serlo cuando se casa; una hija no”. Con lo conservadora que puede sonar esa línea del diálogo, y contra cualquier argumento, en la mayoría de los casos coincide con la realidad. Independientemente del género de la descendencia, con frecuencia, padres y madres no dejan de pensar y desear la felicidad, seguridad y prosperidad para sus hijos, una preocupación que no desaparece con la partida del hogar. Todo esto viene a cuento porque la segunda remake del clásico de Vincente Minelli (1950) se mantiene fiel a los tres pilares que sostienen el guión: la familia, la seguridad y los afectos. Y que una hija va a ser siempre “la nena de papá”.































