El primer check-point, en Piskacucho, parece una procesión internacional: peregrinos de todas las nacionalidades alistándonos para arrancar la mítica caminata. Somos quinientos en total, entre viajeros, guías y porteadores. La disposición nacional no permite un alma más, como una forma de preservación de este lugar, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1983.
El día uno suma doce kilómetros en alrededor de seis horas de paso firme, y el camino permite ir descubriendo ruinas como las de Llactapata, un centro ceremonial religioso y Willkarakay, otro punto estratégico en el camino, que, como casi todos los que forman parte del trayecto, funcionaban como poblados y vigías, controlando a quienes se dirigían a la ciudad sagrada. Al final, el predio que nos asignan para pernoctar en Wayllabamba, a 3100msnm, parece un jardín perdido entre las nubes. Después de una reparadora sopa de quinoa, ya arropada en mi bolsa de dormir, me duermo pensando en que después de todo, la altura no es tan mala: estoy más cerca de las estrellas.
Día dos
La jornada comienza temprano, y el “té despertador”, suena a las 5.45 con un mate de coca. Después de una noche fría, creo estar preparada para lo que viene: el día más duro de los cuatro, en pendiente casi en su totalidad. Ascendemos desde Wallabamba hasta Llullucchapampa, donde almorzamos. Avanzamos casi sin aliento hasta el punto más alto del recorrido: el paso de Warmi Wañusca o de la Mujer Muerta, que se erige a 4200 metros de altura. Las siguientes dos horas serán en descenso, y Héctor alerta: la noche será la más fría, a 3950msnm.
En el camino, las palpitaciones bajan con interesantes recreos en ruinas que van coronando el paisaje como Runkuraqay. Allí, el guía relata la teoría de que este gran edificio en forma semicircular –como casi toda construcción incaica-, habría servido de posta para los chaskis, los mensajeros-corredores del antiguo imperio. La historia lejana trae otra más reciente y asombrosa: siguiendo la velocidad de sus antecesores, los porteadores –quienes llevan el equipaje y las carpas durante todo el recorrido y para mí, son los chaskis de hoy-, corren una carrera en el Camino Inca. El último ganador lo recorrió, completo, en 2.45hs.
Cuando llegamos a Chaquiqocha, donde está el segundo campamento base, lo siento como una hazaña que mi espíritu nunca olvidará –ni difícilmente mis piernas, por un buen tiempo-. Trece kilómetros recorridos, en poco más de siete horas, prácticamente todas en ascenso. Una cena caliente revitaliza el cuerpo, y me siento en el mejor cinco estrellas que haya visto jamás: la cordillera en todo su esplendor, donde sobresale el pico nevado de Verónica, y un cielo plenamente tapizado de estrellas, en una noche helada. Mi carpa espera y el Machu Picchu, está un poco más cerca.
Día tres
El guía anuncia que este será el día más largo -quince kilómetros en alrededor de diez horas-… pero también el de más bellos paisajes, y esta vez, subidas y bajadas más amigables que las del día anterior. Un rato después del amanecer, ya estamos en el camino, y el incentivo es importante: mañana será el gran día. A medida que avanzamos, el paisaje va mutando, de estepa a selva húmeda, empiezan a abundar los helechos y el sonido del río Urubamba, guía el sendero. Atravesamos túneles tallados naturalmente en la roca, bosques de cedros recubiertos de líquenes y escalinatas que, en este tramo, no han sido restauradas sino que son las auténticas esculpidas por los incas. Antes del almuerzo, un antiguo centro urbano, Sayaqmarka, se impone, y exige para alcanzarlo, escalinatas empinadas, poco aptas para los que sufren de vértigo. Atravesamos el complejo de Phuyupatamarca, el “pueblo entre las nubes”, que impacta por sus sectores donde existieron baños naturales, que purificaban el cuerpo y el espíritu. El tramo final hasta llegar a Wiñaywayna, el último campamento, es en pleno descenso. Las rodillas me empiezan a fallar un poco y sólo pienso en que Machu Picchu está más cerca.
Día cuatro
El ‘día D’ amanecimos a las 4am, con lluvia. La emoción es inevitable, pero el agua la nubla. Avanzamos con los equipos de lluvia puestos, aún faltaba para que amaneciera y la constante llovizna, enlentecía el trayecto aún más. La promesa era alcanzar el Intipunku o Puerta del Sol con el amanecer, un punto panorámico imperdible desde el que se asoma por primera vez la ciudadela. Luego de varias escalinatas escarpadas y más llovizna, arribamos a las seis de la mañana al famoso parador. Había oído las historias de los caminantes, que exhaustos, llegan a este punto y al ver la ciudadela, lloran de emoción. Contuve las lágrimas, si, pero las de bronca: la espesa niebla y la bruma apenas me dejaban ver la cara del guía. Ahí entendí que la aventura era la aventura, y había que atenerse a los designios de la naturaleza, tan sabia como caprichosa. Las siguientes dos horas fueron tensos: en algún momento pensé que quizá no iba a poder ver el Machu Picchu, tras semejantes nubarrones que no me dejaban vislumbrar siquiera pocos metros más adelante. ¿Y si todo el esfuerzo había sido en vano? ¿Y si no había ‘recompensa al final del camino’? Me iría a casa con la crónica incompleta, con el sabor agridulce de los caminos incas desandados pero de la ciudadela que no quiso que la conociera…
Llegamos a la base alrededor de las 8.30. La lluvia había cesado pero el calor condensaba más y más nubes. Miré el reloj que devoraba mi valioso tiempo: a las 13.30 tenía que partir a tomar el tren para regresar a Cuzco. Tenía que hacerse el milagro. Unos minutos más tarde, todos estamos avanzando entre las terrazas y algo pasa. El sol se empieza a asomar tímidamente, y las nubes parecen querer desvanecerse. Ahí si, me emociono con la intensidad que había soñado, y no me importa ya que hora es, cuánto me duele el cuerpo ni todo lo recorrido para llegar a ver este espectáculo que supera, en vivo, la belleza repetida de la clásica postal. De repente todo es verde y brillante y una fortaleza imponente se despliega ante mis ojos. Ahí está el gran Machu Picchu. Miro a mi alrededor y no puedo sentir más que una felicidad plena, una conexión íntima con el lugar que supera todo esfuerzo de los días anteriores. Sonrío para mis adentros, en gratitud absoluta, saboreando una victoria más espiritual que física y la majestuosidad del templo sagrado frente a mí.
Refugio de dioses
A pesar de todos los estudios arqueológicos, el imponente Machu Picchu sigue guardando un dejo enigmático. Recorrer la imponente ciudadela, agrega interrogantes vinculados a la energía del lugar y el misticismo que hipnotiza a todo aquel que tiene la oportunidad de visitarla. Emplazada en la provincia de Urubamba, departamento de Cuzco, en Perú, se sabe que fue construida en el siglo XV, durante el reinado del Inca Pachacuti, durante alrededor de treinta años. Su impecable construcción, es una verdadera obra de ingeniería, al igual que la red de caminos que conducían a ella, permitiendo un control absoluto de quienes ingresaban, y una vía de comunicación y administración eficiente. Allí habitaba una población selecta: nobles, sacerdotes, sacerdotisas y aspirantes al gobierno. Fue, además, la sede educativa de los futuros líderes del imperio. En 1911 fue redescubierta por el arqueólogo y explorador norteamericano, Hiram Bingham.
Cuándo viajar
Entre abril y noviembre es la época seca, ideal y segura para la caminata. No obstante, siempre hay que estar preparado para alguna lluvia que sorprenda en el camino.
Qué llevar
Como indispensables, zapatillas de trekking, gorra, bloqueador solar, repelente para mosquitos, equipo de lluvia y abrigo para la noche, cuando baja mucho la temperatura por la amplitud térmica.
Camino del Inca
Hay que reservarlo con anticipación, ya que los cupos de entrada diaria son limitados y solo se puede hacer a través de agencias autorizadas.
Muchos tours incluyen guía y la asistencia de porteadores, carpas
y bolsas de dormir, todas las comidas y snacks, entradas al parque y regreso a Cuzco en tren. Existen dos rutas: el camino tradicional que es el más largo, de cuatro días, y el corto, de dos, que recorre los últimos kilómetros de la ruta original.
Cómo llegar
El tour sale el 15 de octubre próximo desde Ezeiza. La logística está a cargo de las agencias de turismo de Rosario. Es una salida grupal, tiene una duración de 10 días y recorre Lima, Cusco, Valle Sagrado, Aguas Calientes y Machu Picchu. El programa incluye los pasajes aéreos, 8 noches de alojamiento con desayuno, y guías locales en español. El próximo tour se está organizando para Semana Santa de 2024.
- Traslados en base a servicios privados con guías locales en idioma español
- Visitas y excursiones detalladas en itinerario en base a servicios privados con guías locales en idioma español
- Excursión día completo Machu Picchu en Tren Vistadome
- Comidas según se mencionan en el programa sin bebidas incluidas (2 almuerzos y 2 cenas)
- Kit de viaje
- Seguro de asistencia médica.
Dónde dormir
El programa incluye 8 noches en los destinos: 2 en Lima, 4 en Cusco, 1 en Valle Sagrado y 1 en Aguas Calientes.