San Francisco es una ciudad luminosa. Haya luz o sea de noche. Vaya adonde lo lleven los pies, a Union Square, con sus palmeras robustas, las grandes tiendas de departamentos al cruzar la calle y su cafetería, donde sirven un exquisito cappucino italiano, o al Chinatown donde, una vez que se cruza el portal de tejas claras, vigilado por un par de recios leones de ojos verdes y cara de pocos amigos, todo puede pasar, desde comprar un Budda dorado o una estatua de Mao con el brazo en alto para la repisa del living hasta pedir un Big Mac sin saber si será eso lo que llegará a la mesa, ya que el menú del McDonalds está en mandarín.
Caminar por la ciudad es un desafío, más si no se cumplió la promesa de volver al gimnasio. El mapa, que el viajero defiende con su vida, como el madero al que se aferra con desesperación el náufrago del Titanic, es una trampa. Un par de cuadras pueden ser eso, un par de cuadras, simples y llanas, o no, un par de cuadras pueden ser una escalada que podría poner a transpirar a la mismísima Expedición Everest. Hay que estar atento, ir desde High Ashbury, el barrio hippie, que atesora en Amoeba Records la más excitante colección de vinilos de la Costa Oeste, hasta Pacific Highs parece un juego de niños, pero no lo es, conviene pensarlo dos veces antes de emprender la aventura.
Vale la pena el esfuerzo, el barrio alto de la ciudad, rodeado de las elegantes casas victorianas que sobrevivieron al incendio que siguió al Gran Terremoto de 1906, atesora una pequeña plaza, donde las madres llevan a jugar a sus niños y las abuelas sacan a corretear a sus mascotas. Se llama Alta Plaza Park, está en la cima de una colina y es el lugar más tranquilo y silencioso de San Francisco. Tanto es así que, si se cierran los ojos, se puede escuchar el silbido lejano de los barcos que llegan al puerto y los pasos cortos, ágiles, precisos de la ardilla que corre por el césped en busca de frutos secos.
Entre las edificaciones de techos a dos aguas y paredes color pastel, celestes, amarillas, rojas, se asoman el mar y la isla de Alcatraz. Es apenas una sombra que se alza sobre la inmensidad azul de la bahía y que, a la distancia, parece un transatlántico, pero no lo es, nada que ver, es una prisión abandonada, con un faro alto y amenazante y una historia capaz de ponerle los pelos de punta al mismísimo Jack Gittes, el detective frío y calculador al que le dio vida Jack Nicholson en “Barrio chino”, la película de Roman Polanski.
Hace tiempo que dejó de ser lo que era, pero su leyenda sigue ahí, a unos pocos minutos de navegación desde Pier 33, bañada en sangre, como las vidas de sus huéspedes, que podían ser célebres o desconocidos, pero siempre eran peligrosos, una amenaza para la sociedad, enemigos públicos, como les gustaba llamarlos en esos tiempos.
“Si rompés las reglas vas a la cárcel, si rompés las reglas de la cárcel vas a Alcatraz”. La máxima que preside la sala de admisión, desde un cartel descolorido pegado en la pared, resume el espíritu con que se elegía a los convictos que llegaban al presidio. Para muchos, La Roca, como bautizaron los presos a la cárcel, sería su última morada. Alcatraz es bien distinta de día y de noche.
Si se tiene coraje, lo mejor es tomar el último ferry, que sale al atardecer y llega cuando la isla ya está cubierta de sombras. A esa hora la bahía es un paraje helado, inclemente, con el mar sacudiéndose como un loco amarrado con un chaleco de fuerzas. Las olas golpean salvajemente el casco del barco como si quisieran desalentar a los pasajeros y la niebla suele ser tan espesa que, hasta que no se está lo suficientemente cerca, no se ven más que las aguas bravas y la silueta titilante del downtown, con los 260 metros de la pirámide Transamérica como un puñal que atraviesa el cielo negro y sin estrellas.
Hay que bajar paso a paso, por un pontón tan inseguro como la suerte de los que alguna vez habitaron la isla. La calle principal, apenas iluminada por unos faroles mortecinos, termina en un edificio de tres pisos con techo a dos aguas y una chimenea alta que emerge de las profundidades de la prisión. Para llegar al edificio principal, donde están las celdas de los prisioneros, hay que andar un largo trecho por un sendero empinado. Después de atravesar tres pesadas puertas metálicas, se llega al pabellón principal, un pasillo de tres pisos con celdas a ambos lados que hizo famoso la nueva serie del creador de “Lost”, J.J. Abrams.
Una vez adentro es inevitable sentir cómo una corriente fría corre por la espina dorsal. El eco de los pasos, el vapor que emana de la boca, el contacto gélido de los barrotes, da una idea exacta de la desolación que vivieron los reclusos, criminales de cuidado, asesinos, violadores, sádicos que sentían placer con el sufrimiento de sus víctimas, pero que no merecían un castigo tan cruel. En la prisión no había silla eléctrica, no hacía falta, para los huéspedes de Alcatraz la muerte hubiera sido un alivio. Ahí cumplió su sentencia Al Capone y la pasó mal, a pesar de ser tan bravo como el más bravo de sus colegas y saber defenderse.
Ahí está la celda de Frank Lee Morris, el líder de la evasión que hirió de muerte a la prisión. El y dos de sus secuaces lograron dejar La Roca, después de abrir un hueco en la pared alrededor de la rejilla de ventilación y navegar en balsas fabricadas con pilotos de los guardias. La versión oficial aseguró que habían muerto ahogados, pero la verdad es que sus cuerpos nunca fueron hallados. La historia fue inmortalizada por Clint Eastwood en la película “Fuga de Alcatraz”.
La historia, como todas las historias que se cuentan de Alcatraz, es escalofriante, pero no más que la vida en la penitenciaría. Las reglas, que se venden como imanes para poner en la heladera, son estrictas. La número 5 debería conocerla y aplicarla todo padre: “Tiene derecho a comida, ropa, abrigo y atención médica, todo lo demás es un privilegio”. Y en Alcatraz, no había privilegios, salvo para los celadores que, en su sala de reuniones, tenían una terraza con una vista soñada de San Francisco. Que es luminosa, aún en la negrura insondable de La Roca.